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Un chiste "pesado" de Lovecraft



Pocos libros han alcanzado tanta fama sin haber existido jamás. El Necronomicón, supuesto tratado de magia prohibida y conocimientos arcanos, ha sido buscado durante décadas por lectores convencidos de que alguna copia permanece oculta en una biblioteca o en una colección privada. Sin embargo, el volumen nunca pasó de ser una invención del escritor estadounidense H. P. Lovecraft, quien lo convirtió en uno de los elementos más influyentes de la literatura fantástica del siglo XX.


Lejos de tratarse de un simple recurso narrativo, el Necronomicón terminó convirtiéndose en el eje de un universo literario que hoy continúa expandiéndose a través de novelas, películas, videojuegos, historietas y juegos de rol. Su influencia ha sido tan profunda que muchos lectores descubren con sorpresa que el libro no pertenece a la historia, sino a la ficción.



Leyenda


Cuando Lovecraft comenzó a escribir relatos de horror a comienzos del siglo XX, buscaba construir un universo coherente donde diferentes historias parecieran formar parte de una misma realidad. Para conseguirlo inventó ciudades, cultos secretos, razas extraterrestres y textos antiguos que aparecían una y otra vez en distintos relatos.


Entre todos ellos destacó el Necronomicón.


Al principio apenas era mencionado de forma ocasional, como si se tratara de un libro conocido por los personajes. Poco a poco fue adquiriendo mayor importancia hasta convertirse en una fuente indispensable para comprender la existencia de antiguas entidades cósmicas como Cthulhu, Yog-Sothoth, Azathoth o Nyarlathotep.


El recurso era extraordinariamente eficaz. En lugar de explicar directamente los acontecimientos sobrenaturales, Lovecraft insinuaba que toda la información se encontraba en un volumen prohibido cuya lectura resultaba peligrosa para cualquier ser humano.



Libro imposible


Dentro de la ficción, el Necronomicón fue escrito durante el siglo VIII por Abdul Alhazred, un poeta y ocultista árabe que habría recorrido los desiertos de Arabia estudiando cultos ancestrales y criaturas desconocidas.


Según la cronología elaborada por el propio Lovecraft, la obra fue traducida del árabe al griego, posteriormente al latín y terminó siendo prohibida por distintas autoridades religiosas debido a su contenido. Algunas copias sobrevivieron clandestinamente y permanecieron ocultas en determinadas bibliotecas europeas.


El manuscrito describía rituales para invocar entidades sobrenaturales, fórmulas mágicas y conocimientos capaces de alterar la percepción humana del universo.


Aunque hoy resulte evidente su carácter ficticio, Lovecraft desarrolló con tanto detalle la historia del libro que numerosos lectores comenzaron a creer que realmente existía.



Círculo


El éxito del Necronomicón no fue únicamente obra de su creador.


Lovecraft mantenía una intensa correspondencia con otros escritores de literatura fantástica como Robert E. Howard, Clark Ashton Smith, Frank Belknap Long y August Derleth. Entre todos comenzaron a compartir personajes, lugares, criaturas y libros imaginarios.

Así nació lo que posteriormente sería conocido como el Círculo Lovecraft.


Cada autor incorporaba a sus relatos referencias creadas por los demás, reforzando la ilusión de que todos estaban describiendo un mismo universo.


Ese intercambio convirtió al Necronomicón en una especie de autoridad ficticia dentro de la literatura fantástica. Cuanto más aparecía citado por distintos escritores, más creíble parecía su existencia.



Fantasía y realidad


El fenómeno alcanzó dimensiones inesperadas.


Durante años circularon rumores acerca de ejemplares conservados en universidades europeas, monasterios e incluso grandes bibliotecas nacionales.


Una de las leyendas más conocidas sostiene que Jorge Luis Borges llegó a catalogar el Necronomicón durante su etapa como director de la Biblioteca Nacional de Argentina, aunque nunca ha existido evidencia documental que confirme esa historia.


También aparecieron supuestas traducciones al inglés, al francés y al español, todas ellas escritas por autores contemporáneos que aprovecharon la fama del libro para publicar versiones completamente inventadas.


Paradójicamente, muchas personas conocieron el Necronomicón antes que las propias obras de Lovecraft.



¿Libro maldito?




El verdadero mérito del Necronomicón no reside en su contenido —que nadie pudo leer porque nunca fue escrito— sino en el efecto que produjo sobre la imaginación colectiva.


Hasta entonces era relativamente habitual inventar manuscritos antiguos para dar verosimilitud a una historia, pero Lovecraft llevó el procedimiento mucho más lejos.

No creó únicamente un libro.


Construyó una historia editorial completa, un supuesto autor, una cronología de traducciones, censuras religiosas y desapariciones, además de múltiples referencias cruzadas distribuidas en decenas de relatos.


Todo ello hizo que el volumen pareciera formar parte de la historia de la humanidad.



Vigencia


La popularidad del Necronomicón trascendió rápidamente la literatura.


Su nombre aparece en películas como The Evil Dead, en videojuegos, series de televisión, historietas y juegos de rol como La llamada de Cthulhu. También ha inspirado ensayos, investigaciones y numerosas ediciones apócrifas que intentan recrear el supuesto manuscrito de Abdul Alhazred.


Cada nueva adaptación contribuye a reforzar el mito y a atraer nuevos lectores hacia la obra de Lovecraft.


Quizá el mayor logro de Lovecraft fue demostrar que una ficción puede adquirir vida propia cuando está construida con suficiente coherencia.


El Necronomicón nunca existió, pero logró instalarse en el imaginario colectivo como si hubiera acompañado durante siglos la historia del ocultismo.


Pocas invenciones literarias han alcanzado semejante grado de verosimilitud. Más de un siglo después de su primera aparición, todavía hay quienes preguntan por él en librerías, lo buscan en catálogos de bibliotecas o creen que alguna copia permanece oculta en algún lugar del mundo.


Esa persistencia demuestra que el auténtico poder del Necronomicón nunca estuvo en sus páginas —que jamás fueron escritas—, sino en la extraordinaria capacidad de la literatura para convertir una invención en una realidad compartida por generaciones de lectores.



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