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Adiós a Javier Gómez Ramírez



Las calles, los cafés y las tertulias de Pereira han perdido a uno de sus habitantes más entrañables y sonoros. El sector cultural de la ciudad se encuentra de luto tras el fallecimiento de Javier Gómez Ramírez, un melómano apasionado, lector inclaudicable y, sobre todo, un espíritu festivo que llenó de ritmo y calidez la capital risaraldense. Sus exequias, realizadas en la tarde del jueves, marcaron el epílogo terrenal de un hombre al que la ciudad recordará al compás de la buena música.


Javier no era un simple espectador de la movida cultural pereirana; era una de sus pulsaciones más vivaces. Quienes tuvieron la fortuna de cruzar palabras y canciones con él lo definen como un auténtico bon vivant, un espíritu libre que celebraba la existencia y que llevaba con inmenso orgullo su herencia y sus raíces negras.


El dolor por su partida ha resonado en las voces creativas de la región. El escritor Diego Firmiano, amigo cercano y compañero de sensibilidad artística, enmarcó la dimensión de esta pérdida con palabras que recogen el sentir de la bohemia local: "Se fue un amigo, un ser de piel, un melómano, un bon vivant... un ser que sonreía a la vida, que repartía besos, abrazos y que parecía decir en coro ‘¡Que viva la música!’"


Vivir por el arte


En la crónica de la vida de Javier Gómez Ramírez, los apodos que le otorgaron sus amigos son en sí mismos títulos de nobleza caribeña y africana. Era conocido como el Príncipe de Mozambique, el Bembé, RonHeado y TintiHado. Su presencia era sinónimo de "son y corazón", una virtud cadenciosa que hoy deja una interrogante dolorosa entre los suyos. "¿Llegó el momento donde la vida deja de darnos para quitarnos amigos valiosos y únicos? ¿Por qué se van aquellos que nos muestran que el mundo puede ser un lugar cálido y bonito?", reflexionó Diego Firmiano ante la repentina ausencia.


Las exequias del jueves no fueron solo una ceremonia fúnebre, sino el eco final de una vida vivida con intensidad, transparencia y amor por el arte. Entre lágrimas y recuerdos, quedó claro que el legado de Javier no se inscribe en piedra, sino en las páginas de las bibliotecas que exploró y, sobre todo, en los surcos de los discos que tanto amó.


Hoy, la cultura en Pereira hace una pausa y guarda un minuto de silencio que pronto deberá romperse con el repique de un tambor, la única forma justa de honrar su memoria. Como dictó el adiós de sus amigos, Javier no ha muerto, sino que ha emprendido una travesía de retorno a sus raíces: "Que los Orishas te sean propicios en tu viaje y te acompañen hasta Punt, hasta tu legendaria tierra ancestral. ¡Salutis Frutis!".


Paz en la tumba de Javier Gómez Ramírez, el eterno Príncipe de Mozambique, cuya partitura vital jamás dejará de sonar.

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