Apostar por la idiosincrasia
- JAMES LLANOS GÓMEZ

- hace 4 horas
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El viernes 6 de febrero asistí a la primera función de la programación cultural conmemorativa de los 59 años del departamento de Risaralda, realizada en el municipio de La Virginia, puerto dulce de Colombia. A las siete en punto, la Casa de la Cultura abrió sus puertas para dar inicio a una velada que, sin anunciarlo, me conduciría por un recorrido profundo de sensibilidad, memoria y esperanza.
Allí, casi de manera desprevenida, me acomodé para ver, escuchar y sentir el trabajo de un semillero de teatro de la Universidad Tecnológica de Pereira (UTP), dirigido por un formador de la Escuela Popular de Arte (EPA). La obra, titulada “La piedra de la felicidad”, resultó ser una auténtica joya escénica: sólida en su dramaturgia, precisa en la construcción de sus personajes e impecable en la entrega de cada actor y actriz.
La puesta en escena evocó tiempos antiguos —reyes, oro y pobreza— y contrapuso la riqueza material con la espiritual, la humildad con la mezquindad, la vida plena con la envidia y la mente vacía. Fue un recordatorio sensible de que la filosofía y la felicidad habitan en las pequeñas cosas de la naturaleza y, sobre todo, en el ser humano sencillo y sereno. Al caer el telón, los aplausos fueron largos y sinceros; llegaron las felicitaciones, el reconocimiento de la gestora social del municipio y, nuevamente, los aplausos como confirmación de lo vivido.
Más tarde, me desplacé al parque principal, corazón vivo de este municipio risaraldense. Allí, entre luces, sonidos y expectación, me detuve a observar, escuchar y aplaudir con fervor el talento expresado en la música y la danza. Y fue entonces cuando apareció la mayor sorpresa de la noche: niñas y niños tomaron el escenario con una armonía corporal admirable, trajes llenos de color y una asombrosa capacidad para dominar la tarima. Verdaderos artistas, sin nada que envidiar a los ya consolidados del género popular.
Sus interpretaciones, algunas inéditas, brotaron con potencia armónica, creatividad y una atmósfera vibrante que envolvió al público. El espectáculo hizo palpitar los corazones, despertó sonrisas, infló el pecho de emoción y, en muchos, provocó lágrimas. Eran futuras promesas colombianas reclamando, desde ya, afecto, apoyo e impulso para alcanzar sus sueños: ser artistas internacionales.
De igual manera, es urgente repensar las fiestas populares, que no giren exclusivamente en torno al consumo de licor, sino al consumo de cultura. Esa noche quedó demostrado que la alegría puede ser igual o incluso más intensa sin alcohol, cuando lo que se ofrece es un espectáculo honesto, respetuoso y profundamente humano. La celebración recuperó su sentido porque, en escena, estaba el futuro del país. En ese contexto cobra pleno sentido recordar a Sigmund Freud cuando testificaba que “el arte es una actividad sustitutiva de la satisfacción de los deseos”. En estos niños y jóvenes, el arte no es solo expresión estética, es construcción de identidad, canal de emociones, refugio simbólico y posibilidad real de futuro.
Por ello, la Secretaría de Cultura del municipio, así como las de los otros trece municipios del departamento, deberían apostarle con mayor decisión a estos talentos emergentes, como ya lo viene haciendo la Secretaría de Cultura Departamental de Risaralda a través de la Escuela Popular de Arte. Abrirles espacios, permitirles compartir escenario con artistas consagrados y reconocerlos como protagonistas del presente, no únicamente como promesas del mañana.
Pensaba esa noche, en esos intersticios entre un artista y otro, que ha llegado la hora de replantear las programaciones culturales. Que los burgomaestres se atrevan a darles oportunidades reales a estos nuevos talentos, tal como lo hizo La Virginia: convenciones dignas, escenarios profesionales y el acompañamiento de sus mánagers naturales, sus padres. No se trata de desplazar a los artistas de larga trayectoria, sino de abrir paso a un relevo generacional que conquiste nuevos corazones y renueve el espíritu cultural del departamento.
Este argumento se fortalece al recordar que la Gobernación de Risaralda, a través de la Secretaría de Cultura Departamental, destinó más de veinte millones de pesos en premiaciones a los participantes de las bandas músico-marciales nacionales, evento que se desarrolló en el cierre de las festividades. Allí se evidenció un despliegue de creatividad y virtuosismo que atravesó generaciones niños, jóvenes y adultos y que, más allá de la ejecución técnica, configuró una puesta en escena marcada por el profesionalismo y los avances de un campo quizá desconocido para el imaginario colectivo.
El acto dejó un compás rítmico real y simbólico: las marchas musicales no operan únicamente como dispositivos para el cambio de guardia o como acompañamiento sonoro de la guerra, sino que se resignifican como espacios de encuentro, sublimación y tránsito hacia la paz. Así, el estadio municipal se transformó en un escenario donde el ritmo funcionó como lenguaje del inconsciente colectivo, revelando que en la disciplina y el orden también puede habitar la armonía.
Es por ello que los alcaldes de la mayoría de los municipios no se limiten a contemplar a estos niños y jóvenes desplegar creatividad y pasión, sino que asuman un compromiso real con su desarrollo: formación continua, intercambios culturales, viajes, metodologías diversas, encuentros con pares y diálogos con maestros de la danza, el canto, la literatura y las demás artes. Solo así se construirá una mirada verdaderamente horizontal del arte en toda su plenitud.
Apostarles a los hijos, niños y jóvenes es apostar por la verdadera idiosincrasia; por una cultura amplia, incluyente y diversa. Una cultura que no se grita, sino que se siente; que no se consume, sino que se vive.
Escribe: JAMES LLANOS GÓMEZ*

*Pintor, artista plástico y uno de los artistas más relevantes a nivel nacional. Curador de la Sala "Carlos Drews Castro".



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