top of page

Cuando los "verdaderos santos" se van

hace 5 días
8 min de lectura


Durante más de cinco décadas, Javier Giraldo dedicó buena parte de su vida a recorrer las zonas más afectadas por la violencia en Colombia, escuchar a las víctimas y reunir información sobre hechos que muchas veces permanecían ocultos.


Sacerdote jesuita, filósofo, teólogo e investigador social, Giraldo murió a los 82 años dejando una extensa labor relacionada con la defensa de los derechos humanos y la construcción de memoria histórica.



Su trabajo estuvo presente en algunos de los episodios más dolorosos del conflicto colombiano. Investigó la violencia ocurrida en Trujillo, participó en la creación y consolidación de bases de datos sobre derechos humanos, acompañó a comunidades como San José de Apartadó y trabajó durante años en la documentación de ejecuciones extrajudiciales y desapariciones.


Más que limitarse a registrar cifras, Giraldo buscaba recuperar las historias detrás de cada víctima. Para él, un nombre, una fecha y un lugar tenían un significado que no podía perderse entre las estadísticas. Su propósito era que las personas asesinadas, desaparecidas o perseguidas no terminaran convertidas en simples números dentro de un archivo.


Oídos abiertos


Uno de los episodios que marcó profundamente su trayectoria ocurrió en Trujillo, Valle del Cauca.


Entre 1988 y 1994, Trujillo y los municipios cercanos de Bolívar y Riofrío fueron escenario de una cadena de asesinatos, torturas y desapariciones. En ese periodo fueron registradas 342 víctimas.


Giraldo llegó hasta la región después de la desaparición de Tiberio Fernández Mafla, sacerdote de Trujillo y amigo cercano suyo. Fernández desapareció el 17 de abril de 1990 y días después su cuerpo fue encontrado en el río Cauca.


Lo que comenzó como la búsqueda de una persona terminó convirtiéndose para Giraldo en el descubrimiento de una realidad mucho más amplia. Al hablar con una familia encontró otra historia; después apareció otra y luego otra. Poco a poco comenzó a reconstruirse un panorama de violencia que afectaba a numerosas personas.


Quienes trabajaron con él recuerdan que su principal herramienta era escuchar. No llegaba a los territorios con una historia previamente construida, sino que permitía que las comunidades contaran lo sucedido y, posteriormente, relacionaba los testimonios, los nombres, las fechas y los lugares.



Clemencia Correa, quien compartió con él labores de acompañamiento a comunidades, recordó aquellos primeros encuentros en Trujillo como una experiencia marcada por el miedo y el silencio. En medio de ese ambiente, Giraldo dedicaba horas a conversar con los habitantes.


De esa labor surgió también un proceso de memoria que con los años se materializó en un monumento dedicado a las víctimas de Trujillo.


Giraldo entendía que conservar un testimonio no significaba simplemente almacenar información. Cada historia debía permanecer vinculada a la persona que la había vivido y a las circunstancias que rodearon los hechos.


Vocación temprana


La preocupación de Giraldo por la justicia se remonta a su juventud.


Cuando tenía 19 años y se encontraba en formación como jesuita, colaboró durante un tiempo en un hospital de Medellín. Allí escuchó hablar al sacerdote y sociólogo Camilo Torres, quien en aquel momento recorría diferentes lugares del país planteando preguntas sobre la desigualdad, la participación social y la transformación de Colombia.


Aquel encuentro tuvo un impacto profundo en Giraldo. Años después recordaría que fue una de las primeras experiencias que lo llevó a preguntarse qué podía hacer con su propia vida frente a las injusticias que veía a su alrededor.


Torres murió en 1966, después de incorporarse al Ejército de Liberación Nacional, pero sus ideas permanecieron como una referencia para Giraldo.



Décadas más tarde, el sacerdote escribió dos libros dedicados a su pensamiento y continuó reflexionando sobre el significado de sus propuestas.


Durante su estancia en Francia también se involucró en actividades relacionadas con las denuncias de torturas y detenciones ocurridas en Colombia durante el gobierno de Julio César Turbay. Ese trabajo lo acercó a sindicatos, organizaciones religiosas y colectivos defensores de derechos humanos.


A partir de entonces, la defensa de las víctimas dejó de ser para él una actividad circunstancial y pasó a convertirse en una forma de vida.


Tomando nota



La metodología de Giraldo fue construyéndose con los años. Viajar a las comunidades, escuchar a sus habitantes y después relacionar la información permitió identificar patrones que difícilmente podían observarse cuando cada caso era analizado de manera aislada.


En el Centro de Investigación y Educación Popular y en la Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz participó en el desarrollo del Banco de Datos de Derechos Humanos y Violencia Política.


La iniciativa permitió organizar información sobre asesinatos, desapariciones, amenazas, desplazamientos, torturas, detenciones y otros hechos de violencia.


El objetivo no era convertir el sufrimiento en estadísticas. Por el contrario, el archivo buscaba conservar la identidad de las víctimas y, al mismo tiempo, permitir que diferentes casos fueran comparados.



Así podía observarse si determinados hechos se repetían, en qué lugares ocurrían, qué actores aparecían involucrados y qué circunstancias rodeaban los crímenes.


Giraldo también transmitió ese método a quienes trabajaban con él. Varios de sus compañeros recuerdan que podía regresar de un viaje y reconstruir con precisión nombres, fechas y situaciones que había escuchado sin necesidad de tomar abundantes notas durante las conversaciones.


Su capacidad para recordar los testimonios se convirtió en una de sus características más reconocidas.


Pero también era conocido por compartir lo aprendido. Después de regresar de los territorios solía conversar durante horas con otros integrantes de los equipos de derechos humanos y explicarles lo que había observado.


De esta manera, el conocimiento adquirido en una comunidad podía servir para comprender situaciones ocurridas en otra región.


Ejemplo



Durante la década de 1990, el trabajo de documentación adquirió una dimensión aún mayor con el proyecto Colombia Nunca Más.


La iniciativa reunió a diferentes organizaciones de derechos humanos interesadas en investigar y registrar hechos de violencia política y crímenes cometidos contra la población.


Uno de los principios fundamentales era recuperar las voces de quienes habían sufrido directamente la violencia.



Las llamadas Galerías de la Memoria permitieron presentar fotografías, nombres e historias de personas asesinadas o desaparecidas.


De esta manera, las víctimas dejaban de aparecer únicamente como cifras.


El proyecto también buscó analizar la violencia desde una perspectiva territorial. En lugar de limitarse a las divisiones administrativas del país, se estudiaron regiones de acuerdo con las dinámicas de violencia, resistencia y control que existían en ellas.


El archivo comenzó así a revelar conexiones entre hechos aparentemente independientes.


Sin embargo, conservar esa información también implicó riesgos.


En 1998, la sede de Justicia y Paz fue allanada. Allí se encontraba parte de la documentación relacionada con Colombia Nunca Más. Giraldo sostuvo posteriormente que los responsables del operativo buscaban información almacenada en los computadores del proyecto.

+

Poco después recibió amenazas de muerte y terminó saliendo de Colombia por orden de sus superiores religiosos.


El exilio no significó el abandono de su trabajo. Continuó denunciando las violaciones de derechos humanos y mantuvo contacto con organizaciones y personas vinculadas a los procesos que había acompañado en Colombia.


Defensa de las comunidades


Otro de los procesos que marcó profundamente su trayectoria fue el acompañamiento a la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, creada en 1997 en Urabá.


La comunidad surgió como una iniciativa campesina para mantenerse al margen de la confrontación armada y rechazar la colaboración con los diferentes actores del conflicto.

Giraldo acompañó el proceso durante años y siguió de cerca las agresiones cometidas contra sus integrantes.


Para quienes trabajaron junto a él, su manera de acercarse a las comunidades era particular. No pretendía imponerles una interpretación desde fuera. Caminaba con ellas, escuchaba y trataba de comprender el contexto antes de formular conclusiones.


Los recorridos podían ser largos y difíciles. En muchas ocasiones había que atravesar zonas rurales, caminos montañosos y territorios donde operaban grupos armados.


Esa presencia física en los lugares donde ocurrían los hechos era fundamental para su manera de investigar.



Uno de sus compañeros recuerda incluso un episodio ocurrido en el Meta, cuando un grupo atravesó un retén paramilitar. Ante las preguntas de los hombres armados sobre el motivo de la visita, Giraldo respondió directamente que estaban allí para conocer los daños provocados por ellos.


La respuesta pudo haber generado una situación peligrosa, pero finalmente el grupo fue autorizado a continuar.


Quienes lo conocieron también destacan que, pese a su formación académica y religiosa, mantenía una relación sencilla con las comunidades. Durante sus viajes evitaba privilegios y se adaptaba a las condiciones de los lugares que visitaba.


Sin desistir


Una de las principales contribuciones de Giraldo fue insistir en que determinados crímenes no podían entenderse como hechos independientes.


La masacre ocurrida en San José de Apartadó en 2005 fue uno de los ejemplos más dolorosos. En aquella ocasión fueron asesinados varios integrantes de la comunidad, entre ellos el líder Luis Eduardo Guerra y familiares suyos.


Para Giraldo, aquella tragedia debía analizarse dentro de una historia mucho más extensa de agresiones contra la comunidad.


El registro acumulado durante años permitía observar que no se trataba simplemente de un episodio aislado. Había una sucesión de amenazas, asesinatos y ataques que debían estudiarse de manera conjunta.


La misma metodología fue utilizada para analizar las ejecuciones extrajudiciales conocidas en Colombia como "falsos positivos".



Giraldo estudió numerosos casos en los que civiles fueron asesinados y posteriormente presentados por integrantes de la fuerza pública como guerrilleros muertos en combate.


Su análisis buscaba demostrar que la cantidad de casos, su distribución geográfica y la participación de distintas unidades militares hacían necesario investigar posibles estructuras y patrones, en lugar de limitarse a perseguir a responsables individuales.


En años posteriores, el Banco de Datos documentó cientos de casos y miles de víctimas relacionados con este fenómeno.



Para Giraldo, la importancia de conservar esa información estaba también en el futuro.


Un documento que podía parecer inútil en un momento determinado podía convertirse años después en una pieza fundamental para una investigación, una búsqueda de desaparecidos o un proceso de verdad y justicia.


Más allá de expedientes


Otro de los grandes temas de su trabajo fue la relación entre memoria y justicia.


Giraldo cuestionaba que una investigación judicial pudiera concentrarse exclusivamente en determinar quién cometió un crimen sin intentar establecer por qué ocurrió, qué intereses había detrás y qué estructuras permitieron que se repitiera.


Consideraba que una investigación fragmentada podía terminar ocultando las conexiones entre diferentes hechos.


Por eso defendía una concepción más amplia de la verdad, capaz de incluir no solamente a los autores materiales, sino también los contextos, las motivaciones y las estructuras de poder relacionadas con los crímenes.


Esta mirada también lo llevó a cuestionar el papel de los medios de comunicación cuando, en su opinión, presentaban la violencia de manera parcial o dejaban por fuera determinados actores y responsabilidades.

Para Giraldo, investigar no consistía únicamente en describir un hecho. También implicaba preguntarse qué condiciones habían permitido que ocurriera y qué debía cambiar para evitar su repetición.


Labor incansable



Incluso en los últimos años de su vida, Giraldo continuó vinculado a procesos de búsqueda de personas desaparecidas y acompañamiento a sus familias.


Uno de esos procesos fue el de Arnulfo Pesca Pérez, quien había sido ejecutado y desaparecido en 2004. Más de dos décadas después, sus restos fueron identificados y entregados a sus familiares.


Giraldo estuvo presente durante la ceremonia realizada en Boyacá.


Ese tipo de momentos resumía buena parte del sentido de su trabajo: devolverle un nombre a quien había sido reducido durante años a la condición de desaparecido.



Para las familias, recuperar los restos significaba mucho más que recibir un cuerpo. Era recuperar una parte de su historia y cerrar, al menos parcialmente, una búsqueda que podía haber durado décadas.


Legado


La vida de Javier Giraldo estuvo marcada por una idea sencilla pero poderosa: la memoria puede convertirse en una forma de resistencia.


Durante décadas recorrió regiones afectadas por el conflicto, escuchó a campesinos, familiares, líderes comunitarios y defensores de derechos humanos, y reunió información que posteriormente permitió observar la violencia desde una perspectiva más amplia.


Su trabajo no se limitó a denunciar. También buscó formar a otras personas para que aprendieran a documentar, conservar testimonios y utilizar la información como herramienta para reclamar justicia.


En ese sentido, su legado no está solamente en los archivos que ayudó a construir, sino también en las personas que aprendieron de su manera de trabajar.


Giraldo murió después de dedicar más de medio siglo a una tarea que consideraba inseparable de la justicia: impedir que el paso del tiempo borrara a las víctimas.


Su apuesta fue mantener vivos sus nombres, reconstruir sus historias y buscar las conexiones detrás de los hechos. Porque, para él, recordar no significaba simplemente mirar hacia el pasado. Era también una manera de comprender el presente y exigir un futuro diferente.



Fuente: ARCÓN CULTURAL

Comentarios


bottom of page