top of page

Escribir, como una forma de estar en el mundo

Queridas lectoras, queridos lectores:


Después de la pausa necesaria del verano, volvemos a encontrarnos en este nuevo año que comienza, y me emociona darles la bienvenida al ciclo 2026 de Arcón Cultural. Retomamos este espacio que late, que piensa y que crea, con la misma pasión de siempre y con energías renovadas.


Un nuevo año es también una nueva oportunidad para explorar ideas, para dejarnos atravesar por la palabra y para compartir miradas. En los próximos meses encontrarán ensayos que invitan a la reflexión, cuentos que buscan conmover, poemas que nacen de la emoción más íntima y textos que dialogan con nuestro tiempo.


Escribir es, para mí, una manera de estar en el mundo. Y hacerlo en este espacio compartido con ustedes convierte cada publicación en un encuentro. Gracias por leer, por acompañar y por seguir apostando a la cultura como territorio de pensamiento y sensibilidad.


Sin más, aquí les presento un nuevo ensayo para que puedan deleitarse y, sobre todo, para que podamos pensarlo juntos.


Vacío


Recuerdo que cuando era niña —tendría unos cinco o seis años— me apoyaba sobre la baranda de la barranca del río Paraná a mirar, o mejor dicho, a contemplar mis pensamientos. La madera me quedaba a la altura del pecho; apenas alcanzaba a asomarme. El río corría espeso, infinito, como si no tuviera bordes (al menos así lo recuerdo).


No sabía ponerle palabras, pero sí sentía una fuerza extraña, como si algo dentro de mí se abriera hacia un territorio desconocido. Me inclinaba un poco para observar la caída de la barranca, ese hueco profundo que parecía tragarse el mundo. Y ahí, en ese instante preciso, me enfrentaba a la nada.


No tenía lenguaje, sólo sensaciones:


¿Qué hay del otro lado?

 ¿Esa pulsión era de muerte o de vida?

 ¿Era consciente, entonces, de que yo existía?


Era como si, frente a ese abismo, se desplegaran dos mundos paralelos: el de acá —el cuerpo pequeño, el club, las voces de fondo— y otro invisible, pero latente, vibrando detrás de lo real. Siempre sentí que había algo más. Algo que no veía, pero intuía. Como una dimensión que corría junto a la nuestra, en silencio.


A veces tenía la sensación de que, si me soltaba un poco, si me dejaba caer, no sabía dónde iba a terminar. No necesariamente en la muerte, sino en otra cosa: una zona imprecisa, un fondo sin forma. Ese misterio me acompañó toda la vida; esa certeza de un doble plano, de un tiempo desdoblado.


La imagen sigue siendo nítida: barranca, río, pequeñez, pensamientos, la nada. Y yo, una niña apoyada en una baranda, formulando la misma pregunta que aún hoy persiste.


Es la pregunta que vuelve en esos días que no se llenan, que parecen suspendidos en el aire o en una oquedad sin nombre. La pregunta letal: «¿Esto ha sido todo?». Y entonces, esa incógnita que me provoca tanta angustia —y, a la vez, tanta ausencia— me ofrece una respuesta posible: «Averígualo».


Siento, entonces, un rulo temporal: una existencia que a veces parece insignificante y otras, interminable. Pero son días, nada más. Luego me dejo estar y me sumerjo en la cotidianeidad, arrastrada por la corriente, entre la resistencia y la persistencia de continuar, aun cuando una fuerza opuesta tira de mí con violencia.


Cuando hablo del otro lado, me refiero a ese vacío que permanece allí, como algo externo y, a la vez, íntimo; como una presencia que convive conmigo, o como un territorio distópico que me aterra y me angustia. Un lugar indefinido, cuyos límites se desdibujan, como una fotografía fuera de foco. En esa desolación es cuando me aferro a la existencia, a la esencia desnuda de la vida, sin fingir valentía, sosteniendo —como puedo— el peso de vivir; un peso que a veces se aligera y me libera de la angustia, o de “la náusea”, como decía Sartre.


Hoy, mientras escribo esto, tomo conciencia del absurdo: ese instante en que la rutina —o la vida misma— pierde su sentido aparente, y la mente se enfrenta al sinsentido con incertidumbre y lucidez al mismo tiempo.


Quizás ese vacío no implique rendirse, sino aceptarlo sin miedo y permitir, de algún modo, que me habite. Guiñarle un ojo a esa presencia, abrirle la puerta a mi propia existencia; porque tal vez así deje de temerle. Y aunque muchas veces la vida pese, quiero poner de mi lado a eso que me amenaza, para que existir no resulte tan insoportable.


Y entonces vuelvo —inevitablemente— a aquella niña que se inclinaba sobre la barranca del Paraná sin comprender del todo lo que miraba. La que intuía antes de entender.


Cincuenta años después, sigo preguntándome lo mismo: ¿qué hay del otro lado?, ¿qué sostiene este vacío?, ¿qué sentido tiene esta existencia que se abre y se escapa al mismo tiempo?


Tal vez sean esas preguntas, persistentes y tercas, las que me mantienen viva.


 Tal vez sea en esa continuidad —entre la niña que fui y la mujer que soy— donde encuentro una forma de sostenerme.


 Y en esa persistencia (o resistencia), he aprendido a domesticar al monstruo.


“Domesticando al monstruo”

(Ensayo)

© Yanina Ceriani. Derechos Reservados. 2025.


Nota de autora


Escribí este ensayo desde una inquietud que me acompaña desde que tengo memoria: la sensación del vacío, del otro lado de las cosas, de ese lugar impreciso donde la existencia se vuelve pregunta. A los cinco años, frente al río Paraná, descubrí que el mundo no era sólo lo que veía; había algo más, algo que me llamaba desde una dimensión que no sabía nombrar.

Este ensayo nace de esa niña y de la mujer que soy hoy. De las preguntas que no cesaron, de la angustia y la lucidez que a veces pesan, y otras veces empujan. Es un intento de mirar de frente ese vacío que me habita y, en lugar de temerle, darle un lugar. Es mi manera de sostener la existencia: poniendo palabras donde antes sólo había vértigo.


Ojalá este breve viaje interior encuentre algún eco en quien lo lea. Porque, al final, todos cargamos con un abismo propio. Y quizá nombrarlo sea, de algún modo, habitarlo.


 











Yanina Ceriani es escritora, ensayista y columnista en El Arcón Cultural. Coordina talleres individuales y personalizados de escritura emocional y autobiográfica. Explora en su obra los vínculos entre la memoria, la identidad y la palabra.

📩 Contacto: (+54) 341 272 3456

📚 Instagram / Facebook: @yanina.ceriani.escritura


Comentarios


bottom of page