Buscando el silencio en medio del caos
- YANINA MARÍA CERIANI

- 31 jul
- 7 min de lectura

Queridas lectoras, queridos lectores:
En esta nueva entrega de mi columna, quise detenerme en algo que me acompaña desde hace tiempo: la reflexión y el silencio en medio de tanto caos. Esa sensación que aparece sin aviso, a veces en medio de la rutina, y me impulsa a pensar en todo lo que pasa —y en lo que no debería pasarse tan rápido—.
Vivimos en una época que nos empuja hacia la inmediatez, hacia la acumulación, hacia el “tener” antes que el “ser”. Y, sin embargo, en medio de ese ruido, siguen surgiendo preguntas que me interpelan: sobre el amor, sobre la identidad, sobre la manera en que habitamos el mundo.
Este texto nace de ahí, de esos momentos de pausa involuntaria en los que algo —una idea, una emoción, una duda— me sacude y me invita a mirar más profundo.
La inmediatez de un mundo que se desconecta
Vivimos en el siglo de la inmediatez y de lo efímero. No me refiero solamente a las redes sociales, sino a todos los aspectos de nuestra vida, en la forma en que nos paramos frente a ella. Pero ¿nos paramos realmente? No, corremos.
Con el avance de las tecnologías, todo sucede a una velocidad vertiginosa. Lo que ocurrió ayer ya parece viejo; lo que hoy es novedad, mañana resulta obsoleto. Paradójicamente, mientras la tecnología avanza, da la impresión de que el ser humano retrocede.
Todo debe ser inmediato. Todo tiene que suceder ahora. La espera se volvió insoportable y el tiempo de la reflexión quedó desplazado por la urgencia permanente. Pareciera que vivimos rodeados de información, de estímulos y de novedades, pero cada vez más alejados de aquello que verdaderamente nos constituye como personas.
Las redes sociales son, quizás, la expresión más evidente de esta lógica. Alimentan la necesidad constante de mirar una pantalla, de deslizar un dedo, de consumir imágenes y videos que duran apenas unos segundos antes de ser reemplazados por otros. TikTok, Instagram, WhatsApp, Messenger: una sucesión infinita de contenidos que ocupan nuestro tiempo y nuestra atención.
Sin embargo, detrás de esa actividad incesante muchas veces se esconde otra realidad: la necesidad de llenar un vacío.
Nos convencimos de que siempre tenemos que estar haciendo algo. El silencio incomoda. La pausa genera ansiedad. Quedarse simplemente sentado, contemplando un atardecer desde un balcón, mirando el mar sin hacer nada o leyendo un libro durante horas parece haberse convertido en un lujo, o peor aún, en un signo de pereza.
El ocio dejó de ser entendido como un espacio fértil para el pensamiento y pasó a confundirse con la vagancia.
Curiosamente, el único ocio que pareciera ser aceptado es el que puede exhibirse. Una fotografía en una playa, un daiquiri en la mano, una hamaca frente al mar. Ese descanso se vuelve válido porque puede mostrarse, porque construye una imagen para los demás. Pero esa imagen no necesariamente refleja la realidad. Muchas veces es apenas una puesta en escena. Lo importante ya no parece ser la experiencia vivida, sino la apariencia de esa experiencia.
La misma lógica invade nuestras formas de comunicarnos. Un audio de WhatsApp no debería durar más de treinta segundos porque, según parece, después nadie escucha. Una llamada telefónica espontánea puede interpretarse como una invasión si antes no fue anunciada mediante un mensaje. Incluso visitar a un amigo o a un familiar sin avisar previamente puede resultar una falta de respeto.
Poco a poco, hemos ido reemplazando la conversación por la notificación, la presencia por la disponibilidad virtual y el encuentro por la coordinación permanente.
En ese proceso también se han debilitado otros espacios profundamente humanos: la charla sin apuro, el abrazo con un amigo, las reuniones familiares, las largas sobremesas, los momentos de silencio en los que uno puede preguntarse qué está haciendo con su vida, qué desea realmente o qué está construyendo para el futuro.
Tal vez el problema no sea que intentemos llenar nuestros vacíos. Todos convivimos con ellos. Lo preocupante es que ya casi no nos damos el tiempo para preguntarnos por qué existen. Preferimos ocupar cada instante antes que detenernos a escucharnos. Elegimos el ruido constante porque el silencio nos enfrenta con nosotros mismos.
¿Qué pasó con la capacidad de mirarnos hacia adentro? ¿En qué momento dejamos de valorar la contemplación, el pensamiento y la introspección? ¿Cuándo comenzamos a creer que estar permanentemente conectados equivalía a estar más cerca de los demás?
Sin embargo, quizás la consecuencia más profunda de esta hiperconectividad no sea la velocidad con la que vivimos, sino la pérdida de la capacidad de mirarnos hacia adentro y de encontrarnos verdaderamente con el otro.
Porque el otro sigue existiendo. La tecnología no lo ha eliminado. Lo que parece haber cambiado es la manera en que nos relacionamos con él.
Pienso especialmente en las generaciones más jóvenes, aquellas que crecieron con las redes sociales como parte natural de su vida cotidiana. Da la impresión de que el otro ya no es reconocido como una subjetividad diferente, con una historia, una sensibilidad y una mirada propias.
El otro parece convertirse en un instrumento para confirmar quién soy yo. Ya no se trata de descubrir una persona distinta de mí, sino de encontrar un espejo que devuelva una imagen favorable de mí mismo. Un espejo que valide, que apruebe, que otorgue reconocimiento.
En ese proceso, el otro pierde espesor humano. Se vuelve una superficie sobre la cual proyecto mi propia necesidad de aceptación. Es un espejo cada vez más líquido, más difuso, incapaz de reflejar la riqueza de una verdadera alteridad.
Siempre sostengo que somos en relación con los otros. Nuestra identidad se construye en el encuentro, en el diálogo y en el intercambio de valores, de experiencias y de diferencias. Pero cuando el otro solo importa en función de la imagen que puede devolverme, deja de existir como persona para convertirse en un recurso al servicio de mi propia exposición.
Tal vez por eso vivimos inmersos en una necesidad constante de mostrar. Mostrar dónde estamos, qué comemos, qué compramos, qué viaje realizamos, qué café estamos tomando o qué paisaje tenemos delante. Cada experiencia parece necesitar una validación inmediata antes incluso de ser vivida plenamente.
Hace apenas unas décadas las vacaciones tenían otro ritmo. Se viajaba para descubrir lugares, compartir tiempo con la familia o con los amigos, dejarse sorprender por aquello que aparecía en el camino. Los recuerdos permanecían en la memoria y, quizás, en algunas fotografías que se revelaban tiempo después. La experiencia encontraba su verdadero sentido en haber sido vivida.
Hoy pareciera ocurrir exactamente lo contrario. La experiencia queda subordinada a la necesidad de publicarla. El instante deja de pertenecernos para convertirse casi inmediatamente en contenido. Y mientras intentamos demostrar que estamos disfrutando, muchas veces dejamos de disfrutar realmente.
En esa lógica también se va debilitando nuestro vínculo con el mundo. Perdemos el contacto con la naturaleza, con los silencios, con las conversaciones largas, con el abrazo, con la presencia física del otro.
Pero, sobre todo, perdemos la capacidad de observar. Observar exige tiempo. Exige detenerse. Exige permanecer frente a las cosas sin la ansiedad de capturarlas inmediatamente con una cámara o compartirlas en una historia de pocos segundos.
Y cuando dejamos de observar, también dejamos de sorprendernos.
Quizás una de las pérdidas más silenciosas de nuestro tiempo sea precisamente esa: la desaparición del asombro.
Los niños poseen una extraordinaria capacidad para maravillarse ante lo pequeño. Una hoja que cae, una mariposa, una tormenta, el movimiento del mar o la inmensidad de un cielo estrellado pueden despertar en ellos una emoción profunda. Esa capacidad de asombro es, en cierto modo, una forma de estar plenamente presentes.
Sin embargo, vivimos rodeados por una sobreabundancia de imágenes. Vemos miles cada día. Paisajes espectaculares, viajes, comidas, cuerpos, ciudades y experiencias extraordinarias desfilan continuamente frente a nuestros ojos.
Paradójicamente, cuanto más vemos, menos capacidad tenemos para maravillarnos. Nada parece suficiente porque todo es reemplazado de inmediato por otra imagen aún más impactante. El resultado es una mirada que se acostumbra a lo extraordinario hasta volverlo ordinario.
Y cuando desaparece el asombro, también desaparece una parte esencial de nuestra humanidad. Dejamos de descubrir belleza en los pequeños detalles, dejamos de emocionarnos con aquello que no necesita ser espectacular y comenzamos a vivir de manera automática, convencidos de que disfrutamos porque lo mostramos, cuando en realidad hace tiempo que hemos dejado de habitar plenamente nuestras propias experiencias.
Por eso, para cerrar estas reflexiones, quisiera dejar abiertas algunas preguntas más que ofrecer respuestas definitivas. Después de todo, los ensayos no deberían clausurar el pensamiento, sino abrir nuevas puertas y nuevas llaves para seguir interrogándonos.
La pregunta que me acompaña al llegar hasta aquí es simple: ¿dónde quedó la condición humana?
¿Estamos utilizando la tecnología para ampliar nuestra experiencia humana o estamos adaptando nuestra experiencia humana a las exigencias de la tecnología?
Y si, como tantas veces se ha dicho, somos en relación con los otros, si nuestra identidad se construye en el vínculo y en el reconocimiento mutuo, entonces surge una última pregunta, quizás la más importante de todas: en medio de tanta conectividad, de tantas pantallas y de tanta exposición, ¿cuánto de mí sigue estando aquí y cuánto lugar queda para el otro?
Quizás la mayor paradoja de nuestro tiempo sea precisamente esa: nunca habíamos contado con tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, pocas veces habíamos estado tan desconectados de nosotros mismos y de quienes nos rodean.
Y ese, probablemente, sea el desafío más profundo que nos plantea este siglo.
Escribe: YANINA CERIANI*

*Nacida en la ciudad de Rosario en 1971, Yanina estuvo ligada al arte desde niña debido a las influencias de un tío abuelo, pintor reconocido de la ciudad de Rosario, Osvaldo Traficante y a su hijo quien también la apadrina, Marcelo Traficante.Yanina es autodidacta y ha dedicado su vida al arte en forma permanente.
Su capacidad de comunicación va pareja a la proyección y variedad de sus obras literarias como la poesía, el género de distopías, soliloquios, microficciones, etc.
Ha dado muestras de su versatilidad y su pasión por el arte desplegándola en varias expresiones artísticas como la pintura y la fotografía.
Actualmente dirige un taller literario para adultos llamado “Ronda de la palabra, los libros nos hacen libres” y difusión del arte por medio de programas radiales.




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