Ciudad sobre letras nos refugia
- CARLOS ALBERTO AGUDELO ARCILA

- hace 4 días
- 5 min de lectura

Los escritores, casi siempre, tienen un oficio alterno para ganarse la vida.
García Márquez era periodista. Aunque su oficio verdadero era de genio. Tomás González escribió sumaravillosa novela Primero estaba el mar cuando era mesero en una discoteca. Humberto Jaramillo Ángel, Edwin Vargas, Baudilio Montoya, Beatriz Gallego, Umberto Senegal, fueron, son, educadores.
Elías Mejía, por ejemplo, ese gran poeta moderno de Calarcá, es caficultor y ahoradirigente gremial. En la tierra del arábigo, de su nostalgia, también Carlos Alberto AgudeloArcila trabajó con el café, lo compraba y lo vendía como su padre. Carlos ha tenido muchos oficios, y al final mantiene el de creador de aforismos y poeta del paisaje cultural cafetero.
La palabra, la lectura o la literatura, termina por imponerse en nuestra cotidianidad, sevuelve una forma de vivir o de escapar por un tobogán de las vicisitudes, de nombrar o desintetizar el pensamiento y la emoción, como lo hace Agudelo Arcila en sus aforismos,publicados en sus libros o en antologías.
Ciudad sobre letras, cada cierto tiempo, recibe los pasos del poeta que regresa a suentraña desde la lejanía de sus sueños cumplidos en los libros publicados, en las revistasque edita.
Carlos Alberto es el mejor ejemplo de que la palabra nos salva cuando queremos sersalvados.
La palabra aprendió a no callar
A mi hermano Hugo Rogelio, fallecido el 15 de marzo de 2026, a quien nunca lecompartí el asombro de la palabra.
Toda acción artística nace de una génesis imprescindible. Ningún método la fabrica.Irrumpe. Un hecho abre la fisura; por allí se fuga la aparente solidez del mundo.
En mi caso, ese quiebre tuvo forma de libro: La vida de Francisco de Asís, premiootorgado por mis padres tras obtener notas excelentes en primero de primaria. Más detrescientas páginas devoradas como quien entra en trance. No leía: era leído por otradimensión suspendida entre los siglos XII y XIII. Allí germinó el asombro.
Calarcá no era territorio consciente para mí. Ya echaba raíz. Sus calles, sus voces, suritmo depositaban una materia invisible; más tarde tomó forma en la palabra.Años después, al fondo de la compra de café de mi progenitor, alguien lanzó un grito aúnresonante:
—¡Ahí va el escritor Humberto Jaramillo Ángel!
No corrí hacia el hombre. Corrí hacia la palabra: ESCRITOR.Algo ya estaba inscrito desde aquella primera lectura. No era entusiasmo; era revelación.El asombro reconociendo su propia potencia. Desde ese instante, la palabra dejó de sersonido: destino.
El tiempo no avanza: entrelaza. A través de mi hermano, Hugo Rogelio, conocí a Umberto Senegal, seudónimo de Humberto Jaramillo Restrepo. Con él llegó el diálogo; con sucasa, una catedral de libros. Veinte mil volúmenes. No era solo una biblioteca: imponía. Cada estante reclamaba disciplina silenciosa.
Calarcá empezó a volverse lenguaje. Dejé de vivir el lugar: el lugar me habitaba. Umberto comenzó a prestarme libros. No sugería: orientaba el vértigo. Papini, Dostoievski,Tolstói, Goethe, Kafka, Rulfo, Virginia Woolf, Poe, Borges, Hemingway, Cervantes… Cada autor forzaba una abertura distinta. Las lecturas atravesaban. Me perdía en un laberintosin salida visible; en esa pérdida se gestaba algo. Perderse: otra forma de conocimiento. Entonces ocurrió. Leía y, de pronto, una frase. Breve. Cortante. Sin explicación. Irrumpió.
La retuve. Otra más. Sin saber cómo, reuní esas líneas. Las mostré a Senegal. Las leyó.
Su rostro cambió.
—¿Sabe cómo se llama…?
—No.—¡Aforismo!
No respondí. El silencio bastó. No descubrí un género: reconocí una respiración. Capazde desplazarse entre aforismo, poesía y escritura de largo aliento para prensa. Desdeentonces, cada frase: intento por fijar lo esquivo.
Las líneas exigían precisión. Ninguna toleraba exceso. Palabras sometidas a presión,llevadas al límite de su propia resistencia. Lo mínimo adquiría peso; lo breve, intensidad.
Escribir dejó de ser acumulación: pasó a ser corte, depuración, renuncia. En esa economía del lenguaje encontré un rigor: decir sin desbordar, sugerir sin explicar, sostenersentido en el filo.
A los diecisiete años, esa respiración encontró cauce en el periódico Quindío Libre, bajo ladirección del periodista Noel Ospina. No fue solo publicar: ver mi nombre impreso,escuchar comentarios, sentir el peso de lo escrito. Calarcá dejó de ser paisaje: se volvió pulso.
En 1988 apareció Antidiario (aforismos) y Cascadas de polvo (plegable poético). Nacieron en precariedad material; enviados al mundo con obstinación y recursos mínimos. Cadaejemplar: resistencia. Con los años, CASCADAS DE POLVO se transformó en revistaliteraria.
Persistí. Esa respiración se expandió: Desentrañismos (aforismos); ¿De qué color es elazul? (poesía); Usos de la noche (poesía, en coautoría con Umberto Senegal); Perrosmetafóricos (poesía); La más blanda gota del oleaje (poesía, Biblioteca de AutoresQuindianos); Demonios de un día (microrrelatos); Este viento de sombras en el festín(poesía surrealista, editorial SEUSBA). No como acumulación, sino como modulacionesde una misma insistencia. Cada libro: tentativa, borde, aproximación a lo inasible.
Los textos empezaron a poblar antologías, a desplazarse fuera del ámbito inmediato, aentrar en intercambio con otras voces en Colombia y más allá de sus fronteras.Presencias en revistas y compilaciones ampliaron ese tránsito, consolidaron unacirculación discreta, persistente, ajena a cualquier estridencia, sostenida en el tiempo,abierta a nuevas lecturas posibles. La raíz permanecía intacta: el punto donde la palabradejó de ser opción y se volvió necesidad.
La escritura no se detuvo en lo individual. Impulsé revistas como Andarina, Floresía, Prosaresoluta, Zwaan, así como el periódico El Vecino. Espacios donde la palabra circula, seconfronta, se expande. Fui gestor del Encuentro de Escritores Luis Vidales en Caicedoniay del IV Encuentro de Escritores por la Paz. No por vocación institucional: la palabra, si nose abre, se asfixia.
Hoy publico en El Quindiano, Las2orillas, El Espectador y la revista Letralia. Espaciosdonde la escritura puede intensificarse.
Incluso lo inédito —una novela de corte surrealista— hace parte de este proceso. Lo nopublicado también exige.
Nada responde a un plan. Todo proviene de una insistencia indomesticable: ese primerasombro activo, abriendo fisuras en la aparente normalidad del mundo.
Calarcá no es solo origen. Es marca. Es grieta. El lugar donde la palabra encontró cuerpoy no volvió a soltarse. Aquí entendí: escribir no consiste en decorar la realidad, sino enllevarla al límite hasta revelar lo oculto.No escribo por vocación.No escribo por oficio.Escribo porque en este territorio la palabra aprendió a no callar.Sí, Calarcá: letras sobre mi destino…
Escribe: CARLOS ALBERTO AGUDELO ARCILA*
*Escritor colombiano (Caicedonia, Valle del Cauca, 1956). Ha publicado los libros de aforismos Antidiario (1988) y Desentrañismos (2003) y los poemarios ¿De qué color es el azul? (2007), Perros metafóricos (2008) y Usos de la noche (2017). Textos suyos han sido recogidos en diversas antologías. Ha dirigido varias revistas literarias, como Cascadas de Polvo, Prosa Resoluta, Andarina, Floresía y Kanora. Ganó el Concurso Departamental de Poesía Comfamiliar. Tallerista literario y conferencista en educación superior, básica, media y primaria. Fue integrante del comité organizador del Tercer Encuentro Nacional de Escritores por la Paz, realizado en Caicedonia Valle, y gestor del Encuentro Nacional Luis Vidales, sede Caicedonia.




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