Hamsun, el conejo noruego
- Arcón Cultural

- hace 1 día
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«Cuando las modas conceptuales nos abandonan, volvemos a la literatura donde la cognición, la percepción y la sensibilidad nunca pueden desligarse completamente».
Harold Bloom
Un encuentro se produce y un grande cede ante otro. Ninguno se conoce y quizá ni han leído sus obras, no por antipatía, sino por distancias: uno es del norte de Europa, el otro del sur. Es una reunión fortuita y casual que dejaría una huella indeleble en la historia de la literatura. Giovanni Papini (bajo la máscara de Gog, un excéntrico millonario) viaja por Escandinavia buscando la sabiduría y el talento y llega a Cristianía (hoy Oslo) un 24 de agosto de 1931. No busca nada en especial, quizá libros, experiencias, otro ambiente, o quizá semejante a Diógenes el cínico desea encontrar un hombre a plena luz del día. Así es que registra en su bitácora:
He preguntado a un librero cuál es el más grande escritor noruego viviente. Ha contestado:
―Knut Hamsun.
Es necesario, pues, que yo conozca a ese Hamsun. No he leído nada de él, pero desde el momento en que he venido a Noruega y no pienso volver y no tengo nada que hacer, quiero incluir este en mi colección de coloquios memorables.
Lo que me han contado acerca de él me gusta: ha sufrido hambre (como yo), ha hecho el tramp en Estados Unidos (como yo) y huye todo lo que puede de la compañía de los hombres (como yo). Vive, según dicen, en una isla solitaria y raramente va a las ciudades».
Es imposible saber cómo se presentó Papini ante Hamsun, es decir, qué treta usó para lograr ser admitido, ya que el noruego le dice de entrada: «He consentido recibirle porque no es usted ni un mendigo, ni un literato, ni un periodista, ni un desocupado, ni un editor, ni un coleccionista de autógrafos, ni un admirador. Todas estas personas son igualmente nefastas e insoportables». Como haya sido, una semana después, un 2 de septiembre, se encuentra el autor de Pan con el autor de Gog y se produce un monólogo memorable sobre la fama ruit que todo escritor (o aspirante a uno) debería leer y releer como un mantra, pues es el cuchillo que Hamsun usa para extirpar el idealismo violeta y juvenil del artista. «Usted no sabe, por fortuna, lo que es la gloria. ¡Que no se le ocurra nunca desventura semejante! Ser famoso significa volverse, a la vez, viejo y perseguido».
Papini, estupefacto por las palabras de su interlocutor, suspende todo juicio artístico, incluso, se olvida que es un paseante europeo y se dispone a escuchar con paciencia al escritor noruego, como obedeciendo esa máxima latina de scire tacere (saber y callar), propia de los espíritus cultos y los misterios revelados por Fulcanelli. Ya está ahí, en la casa de uno de los más grandes escritores del mundo, no hay marcha atrás, y con semejante fama de consagrado a las letras, estilista puro, y narrador bucólico, como es conocido Hamsun, sería una catástrofe dejar pasar tan importante momento y oportunidad.
El noruego, ya entrado en años y firme en su vocación de escritor, tiene toda autoridad para pontificar y ser escuchado, pues se ha ganado el respeto del mundo al ser galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1920, luego de Bjørnstjerne Bjørnson (que criticó a Knut) y antes de Sigrid Undset (que odiaba a Knut), y esto, a pesar de que a sus 72 años de edad lleve nueve simpatizando con el Partido Obrero Alemán (DAP), posteriormente conocido como Partido NAZI. Pero esto último es irrelevante en un contexto entre pares, es decir, sabiendo que Papini también es medianamente adepto al fascismo de El Duce y por ello la centralidad del encuentro no es la política, sino la literatura, el oficio de escribir, la inmortalidad de la palabra.
Ambos tienen éxito y ovación gracias a sus carreras literarias y, como testigos de su época, saben que es imposible la neutralidad en materia política, pues Dante se había vuelto árbitro de conciencia para todo escritor, cuando desde el noveno círculo ponderó semejante a un ave agorera: «Los lugares más oscuros del infierno están reservados para aquellos que mantienen su neutralidad en tiempos de crisis». Nadie quedaba a salvo luego de esto, ya que todo amante de la palabra (según Dante y el siglo XX) debe saber manejarla con poder y creatividad en tiempos de crisis moral, política y económica para encontrar caminos alternativos a la realidad.
Sin embargo, ahí están, el uno junto al otro, desconociendo sus temas literarios, sus razones estéticas, su incursión en lo social, aunque ambos son críticos de las guerras que asolan a Europa a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Oscuro fondo histórico que ha borrado todo atisbo de humanismo, cualquier idea noble derivada de la Ilustración, incluso con sus hechos ha renegado del romanticismo y el progreso, así que están puestos encima de una frágil tela de araña que amenaza con destruir sus honores literarios, si acaso no sus propias culturas.
Hamsun, es obvio, sobrepasa a su interlocutor 22 años y hay mucho que aprender del hombre que apostó todo a la literatura y ganó; que se consagró desde pequeño a la escritura sin perder de vista la misión ardorosa y acuciante de llegar ser la mayor gloria literaria de Noruega; que viajó a Estados Unidos buscando recuperarse económicamente (experiencia que usaría Franz Kafka para escribir América); y que ahora vivía como un paria y un perseguido mal gracias al premio Nobel de Literatura que le fue concedido por su libro Bendición de la tierra (1917). Este hombre, que brillaba como un astro en el firmamento de las letras y que, 11 años después de verse con Papini, se fragmentaría en mil pedazos y quedaría rezagado a la vera del olvido humano, es el que habla extensamente sobre la fama, la fortuna y las vicisitudes como un Salomón desencantado y sin gracia.
Por supuesto, Papini es un futurista al modo de Marinetti y no de Nostradamus, y es imposible conocer el desenlace que tendrá Hamsun posteriormente, y por ello, le era totalmente irrelevante desentrañar las razones del noruego para alinearse a la derecha alemana más bélica y beligerante. En fin, allí está el italiano, abismado, aturdido, porque al final del monólogo él también recibe su parte en la perorata: «La fama no es un premio, sino una maldición, un castigo. Si hubiese sabido esto, hubiera ido, en 1890, a asesinar a [Georg] Brandes, que reveló a Europa mi primer libro, Hambre. Prefiero ser hambriento a ser célebre. Y usted también (señalando a Papini), aunque no me haya pedido nada, se me lleva algo: media hora de mi tiempo y un poco de mi fuerza».
Frente a este choque de fuerzas artísticas se puede esperar lo peor; sin embargo, entre espíritus afines y genuinos hay emisión y recepción, alguien debe estar en la montaña y otros en las laderas, y la reacción de Papini al discurso del viejo es tremendamente honesta: «Al oír estas palabras justísimas no me ofendí, pero creí decente ponerme en pie para marcharme… Knut Hamsun me gusta mucho. Quiero comprar todos sus libros y así le resarciré delicadamente el tiempo que ha perdido por mí». ¡Esperen! Hay que lanzarle ramitos de laurel a Papini (o a Gog, como sea), ya que demostraba con tal respuesta un acto de diplomacia cultural que, semejante a un Rey David insultado por Simí, le dejaba entrever la profunda verdad de que el destino no reina sin la complicidad secreta del instinto y la voluntad.
Y es justo preguntarnos: ¿qué ofuscaba al viejo Hamsun?, ¿sufría de misantropía crónica?, ¿era un novelista a la violeta?, ¿o simplemente descubrió la máscara tras Papini? Es difícil identificar un solo motivo, aunque el escritor noruego tenía sus razones de peso para sentirse perturbado en su espacio y su tiempo. Por un lado, es un septuagenario y carga con una fama indeseada, como si hubiese cometido un crimen; por el otro, trata de ser coherente con su estética labrada en más de 20 novelas, centenares de ensayos y docenas de poemarios, de aislarse en su paraíso privado para no perder la conexión mística con la naturaleza, y no tanto con los hombres
Aunque en el fondo hay una ironía en todo esto (y Papini no puede mentirnos, pues tuvo que haberlo leído, o al menos, conocido), ya que Hamsun acaba de lanzar en Europa una novela hermosa en forma y contenido, titulada: «Den ridste Glaede» (La última alegría) que conmovió los corazones y las mentes de los lectores, al punto, de inducir a creer que no vendrían más obras literarias, luego de este «canto de cisne» de quien parecía derrotado, pero no destruido a causa de la tristeza generada por su éxito. En su discurso dice «Desde que me dieron el premio Nobel no he podido salvarme de las peticiones de dinero…Solicitan mis libros regalados, firmar autógrafos, leer manuscritos de malos escritores, enviar fotografías … Hay otros que de mi celebridad deducen la omnipotencia. Si todos le conocen -piensan-, esto quiere decir él los conoce a todos…. Error crasísimo».
Y es justo aquí donde Papini ve al Hamsun de contrastes. El hombre que puso al mundo a imaginar y sentir con novelas como Pan, Hambre, Misterios, Trilogía del vagabundo y, finalmente, ese testamento titulado Por senderos que la maleza oculta. Pero también el que despertó el odio en Europa por su orgullo, perfeccionismo y su grandeza literaria, y que junto a August Strindberg y luego Franz Kafka y Samuel Beckett, se fue por la puerta trasera de la estética huyendo del realismo, el psicoanálisis como moda y el progreso como doctrina impuesta. Porque este pistolero de las letras tenía los rieles del estilo bien puestos en la vía literaria, y era él y su circunstancia, sus libros y su gloria, y esto fue lo contraproducente en toda su carrera artística, ya que la distancia entre la literatura y la vida había aumentado considerablemente gracias a fuerzas inconscientes que lo redirigieron a ello.
¿Cómo se produjo esta disociación entre tinta y realidad, entre carne y espíritu? No fue a causa de leer a Dostoyevski a destajo, ni jugar póker hasta entrada la noche, ni por beber whisky como vaquero del midwest, sino, posiblemente, por su afinidad literaria y conceptual con la doctrina del Die Blut-und-boden (sangre y tierra) del Nacionalsocialismo, presente en casi todas sus novelas. Una pequeña y poderosa idea política, propiciada no tanto por Adolfo Hitler como por el historiador Oswald Spengler, quien convirtió (inconscientemente) el sentimiento racial en un concepto jurídico. Una ideología (noble al principio, perniciosa después) que adoptó sin consecuencias, incluso, que profesó hasta el último día de su muerte, un 19 de febrero de 1952, cuando falleció solo, lleno de un poder vacío y con la maldición de «nithing» (o níðingr) sobre su cabeza.
Finalmente, Knut Hamsun, aquel genio de las letras mundiales, ganaba un lector ávido como Papini para la causa literaria, y domaba con su discurso al excéntrico de Gog que deseaba encontrar en sus viajes, en la sátira y en la colección de coloquios, su salvación personal. Al igual que, gracias a este encuentro entre dos luminarias, se revelaba la paradoja inherente de la naturaleza humana: que el ser humano puede ser poderoso e impotente a la vez, divino y también estúpido, y que su talento es como las estrellas del firmamento, tan infinitamente lejos de nosotros, y aun así pueden brillar por siempre, porque al contacto con los hombres -creemos escuchar en Papini o en Gog– las cosas actuales se borran con una lentitud desesperante.
Escribe: DIEGO FIRMIANO*

*Escritor. Ensayista. Coleccionista de libros. Lector.



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