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La tierra de la verdad


Nada es más asombroso que la verdad simple y llana, nada es más exótico que nuestro mundo, nada está más lleno de imaginación que la objetividad». Egon Erwin Kisch


Un nuevo libro acaba de aparecer en la ciudad, y debo advertirlo, su contenido nos convierte, a nosotros los lectores, en sentipensantes. ¿El autor? John Harold Giraldo Herrera. Doctor en Ciencias de la Educación, Magíster, incluso documentalista independiente que, aparte de enseñar como docente con el cuerpo y la mente, con tesón y método, y de usar una especie de etnosemántica para formar profesionalmente las comunidades indígenas más apartadas, también se dedica a leer la vida, a descifrar los renglones de la realidad y transmutar todo eso en diferentes formatos: poesía, ensayo, cuento, crónica.


     Su misma profesión y pasión por los pueblos originarios lo conducen a ello. Y por eso, para quienes seguimos su movimiento y actividad escritural, sabemos de sus textos publicados en diferentes medios culturales, y ahora se nos vuelve a confirmar como cronista (desde País de andar (2011) y ese texto menudo titulado Camina cuatro días para estudiar dos, que ganó un importante premio) con Rastros y rostros, bordes y testimonios. Un compendio de crónicas no lineales, o mejor, no cronológicas, que en conjunto se han hecho finalistas del certamen Colección de escritores pereiranos, en la modalidad de Crónica y Reportaje 2024.


     Galardón institucional acertado que nos señala y también nos regresa a nosotros, los lectores de a pie, a la realidad del mundo de afuera, es decir, al pensar que las historias habitan, no tanto en novelas o en Netflix, como en los cuerpos y los corazones de la gente. Y aunque parezca una obviedad, no lo es en absoluto si consideramos que la I.A. puede crear relatos desde el algoritmo y para la mente, pero los cronistas lo hacen con la sangre, la observación, el contacto con las personas, todo, en la visión de sentir e interpretar al otro en su realidad singular o comunitaria.


     Y esto es, sinceramente, lo fantástico de la crónica (por eso digo lo acertado y merecido del premio asignado a John Harold Giraldo), que como género se pueda confirmar un legado departamental que ya tiene tradición en periodistas reconocidos: Franklyn Molano Gaona, Gustavo Colorado Grisales, Juan Miguel Álvarez y otros; y un poco más atrás, en los narradores Silvio Girón Gaviria o Ricardo Parménides Sánchez, que ya escribían sobre la gente, sus circunstancias y la cotidianidad con mucha precisión.  


     Porque la crónica como disciplina nos obliga (por amor) a volver la mirada hacia «los otros», y reconocer que la vida se deja leer mientras se camina y se explora, o a decir del profesor Rigoberto Gil Montoya: «Producto de la experiencia, la crónica permite aprehender la realidad desde sus componentes humanos sobre el tejido de relaciones; anima la visión de aquello en apariencia complejo y desvela las múltiples cortinas de la cotidianidad, llegando quizá al puro hueso de las circunstancias individuales y colectivas, tan cerca siempre de la historia y el testimonio que mide el ritmo vital de sus gestores».


     Y he aquí que un alumbramiento literario se nos presenta con este compendio de crónicas, pues si leemos con atención cada una de ellas en Rastros y rostros, bordes y testimonios, descubriremos un manto de sensibilidad infrecuente, o en otras palabras, historias menudas y sensibles que tocan fibras y producen música o dolor en el interior y que, John Harold Giraldo, nos delimita en cuatro tiempos o sub-realidades que bien podrían ser el número de los pilares de la tierra o el Dálet de los ritualistas que simboliza la estabilidad, el orden, lo espiritual en el mundo físico.


     Me refiero a los subtítulos Metáforas de la violencia en Colombia¸ donde vemos con dolor y ternura la historia de la poeta que escribe versos a los muertos, el ex guerrillero que cultiva flores o el asesinato del activista pereirano Lucas Villa; Colombia originaria, que refleja la lucha y resistencia de las comunidades autóctonas contra las empresas mineras, incluso, contra la indiferencia de la modernidad y sus falsos progresos; Rastros y rostros humanos, o la ventana local que deja entrever sendos perfiles sobre El Caballero Gaucho, Matador, o Martín Abad;  y Pereira Nocturna, el golpe de pluma que nos despierta a reconocer la inherente verdad de que las historias más densas suelen esconderse en la sencillez de una barrendera (Carmen), un drogodependiente (Daniel) o un portero (Germán). Y así.


     Destacando igualmente, y en conjunto, las fotografías al interior del libro con las cuales el autor, Rodrigo Grajales, capta integralmente el espíritu de Colombia en retratos que bien podrían ser postales para la memoria nacional. Porque algo es claro: la palabra en John Harold y la imagen en Rodrigo son hermanas gemelas que tienen significado y significante, y juntas (verbo e instantánea) transmiten esas historias que una mitad del mundo alberga y la otra mitad desea conocer o leer. Así de poderosa es esta simbiosis comunicativa y en esa línea podemos ver-sentir-pensar gracias a las dieciséis exploraciones humanas de no-ficción que tenemos delante.  


     Entonces, ¿cómo capta John Harold Giraldo estas historias?, ¿de qué forma escribe sobre los «nadie» y logra con su «sentipensar» darle voz y cuerpo a los ignorados?, ¿por qué ha elegido la crónica o la literatura de la realidad? No hay claves ni métodos, solo una pasión de caminante que lo caracteriza y un espíritu solidario lleno de curiosidad por las vivencias y las circunstancias de los otros. Un teselado de emociones que nos confirma que toda experiencia es individual y por eso cada historia retratada en Rastros y rostros, bordes y testimonios, es singular. En las narraciones internas no hay que preguntar qué razón tuvo el destino o el autor para llevar a sus entrevistados a esto o aquello, sino qué significan sus experiencias para ellos y para todos.


     Siendo así, no podemos pensar solo en John Harold Giraldo como un paseante que va y viene por los catorce municipios de Risaralda, los palenques del litoral o la selva sureña, sino que es necesario reconocer su virtud de «observador» o de curioso que «olfatea» un hecho pasado que puede volverse presente por medio de la crónica. De esta manera es que cada testimonio consignado en su nuevo libro se vuelve ritmo vital de la realidad mundana y recupera con cada rasgo, cada palabra y acción «la forma primitiva de lo sacro», es decir, el importante poder que albergan las historias que, bien narradas, hacen efecto en el espíritu humano y crean conciencia profunda en la memoria.


     Porque es claro que, para escribir sobre los otros, hay que mirar y sentir antes que saber, y por eso Ryszard Kapuściński siempre tuvo razón al decir que el requisito del buen periodista es ser buena persona, además, por supuesto, de tener los cinco sentidos dispuestos (estar, ver, oír, compartir, pensar); aunque más allá, es fundamental pausar el claustro, la biblioteca o zona de confort y prestar atención a Émile Zola cuando afirma: «Abandonar el estudio, salir al mundo, informarse de la sociedad, vincular la psicología individual a su contexto social…y en consecuencia, conquistar por completo al lector».


     Finalmente, no hay duda que Rastros y rostros, bordes y testimonios es eso, un John Harold Giraldo docente que se exterioriza para entrar en el alma y las historia de la gente, porque nadie mejor que él, quien posee una disciplina espartana para aprender del entorno, comprende que no hay distancias imposibles ni asunto menor para seguir escribiendo crónicas, o en sus palabras: «Hacer periodismo, además de una pasión, es una emergencia, las proximidades con personas, con sus modos de vivir y pensar, de ser y actuar, me generan el gusto y la emoción; más que contar, aprendo, y más que informar, re-creo, vuelvo a crear y a ser una creatura».


Escribe: DIEGO FIRMIANO*














*Escritor. Ensayista. Coleccionista de libros. Lector.

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