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Todas las almas de Fernando Pertuz


«El arte es lo que dejas salir»Andy Warhol

Comer shit


En Colombia tenemos un artista performance desconocido, o al menos olvidado. Se trata de Fernando Pertuz, un investigador cultural que se ha hecho a pulso en el mundo de arte cuya propuesta la podemos ver en su dominio (https://www.pertuz.org/), y que explorarla es un espectáculo visual, si acaso no una provocación. Allí en esta web desorganizada, pero interesante, está consignada toda su pedagogía del equilibrio (como él llama a su activismo) y también las prácticas de resistencia que le han valido un reconocimiento subterráneo en el país.


     Me enteré del artista porque Mario Vargas Llosa lo cita en su libro «La civilización de espectáculo» (2012). Allí, en ese ensayo dispar, critica con desencanto la transformación de las artes plásticas en el mundo: ensalza a Marcel Duchamp y destroza a Damien Hirst, y haciendo escarnio del colombiano dice: «Una de las performances más abyectas que se recuerda en Colombia es la del artista Fernando Pertuz que en una galería de arte defecó ante el público y, luego, con total solemnidad, procedió a ingerir sus heces».


     Nadie niega el hecho, pues es verdad, se la comió con pan y manzana y frente a varios espectadores en un recinto cerrado para trasmitir una metáfora sobre la cruda realidad de un país que insiste en usar cotidianamente la frase «coma mierda». Todos los días la comemos figuradamente (o quizá literal, nadie sabe), porque, ¿cuál es la diferencia entre el arte y el trajinar diario en la ciudad? Como sea, para Vargas Llosa el performance de Pertuz es una simple moda sin estética, una provocación generalizada y un escándalo social promocionado por una mafia que controla el mercado del arte, con críticos pagados, más cercanos a tasadores que a curadores.


     Quizá tenga razón el nobel peruano, o de pronto nunca leyó el «Manual de estilo del arte contemporáneo» de Pablo Helguera donde se bosqueja la brecha entre arte y vida social, además de mostrar unas recetas curtidas para alcanzar el éxito coreográfico en el mundo artístico. Sin embargo, la apuesta de Pertuz sigue produciendo reacciones dispares en la estética, la literatura e incluso en la política y por eso es necesario indagar si acaso este cambio de paradigma en las artes perfomáticas, donde el artista moderno parece ser más un embaucador que un genio, no será de pronto el producto de una sociedad postmoderna que espera de él no el talento ni la destreza, sino la pose y el escándalo.


     Acercándonos un poco al asunto, parece que en la misma obra y en la perenne filosofía de este bogotano, se encuentra la respuesta sobre aquel giro. Porque un artista, su producto y pensamiento, representa la realidad inmediata de la sociedad. Y así es que puede decirse que Fernando Pertuz no se eligió como agitador cultural, sino que una suerte de sociedad lo «erigió». Y lo escogió precisamente para convertirse en un representante de los ideales de una generación líquida que ha creado sus propios valores, ha olvidado la historia y que mantiene gravitando en un presente constante.  



Regresar


     Aunque partamos del principio, porque no existe una biografía concreta de Fernando Pertuz, lo cual ya dice mucho de su vida como artista, pues desde 1992 viene incursionando en el arte con la intención de crear conciencia y sensibilidad sobre temas cruciales para la sociedad. Su primera agitación cultural inicia con la pieza «Desplazados» (1998), donde ensaya un éxodo masivo al caminar 75 kilómetros desde Guadalajara de Buga hasta Santiago de Cali para mostrar la realidad de las migraciones y los desplazamientos forzosos en el país. Ya en el año 2001, siguiendo una pregunta cliché muy difundida entre los colombianos «¿Por qué no se ha ido a Miami?», habilita una línea telefónica y crea un correo electrónico para recibir historias de personas que han emigrado del Colombia a causa de la violencia, el narcotráfico o la pobreza.


     Pero los últimos tres proyectos, los más controvertidos, es lo que hace de Fernando Pertuz un artista representativo en la estética performance de la provocación en Colombia. Porque es precisamente en el año 2006 que ejecuta el escandaloso proyecto titulado: «La muerte ronda por todas partes», que le permite viajar a diferentes lugares del país: se viste de negro como simbolizando la muerte y reparte miles de volantes fotocopiados a blanco y negro para invitar a las personas a registrar los nombres de sus muertos personales en la web. Empapela los muros de las ciudades principales, diseña afiches extravagantes, publica los correos electrónicos que le llegan, los cuales llama: «Historias de vida», asiste a «Encuentros de víctimas de crímenes de Estado» donde conoce y simpatiza con las ideas de la ex­ senadora de la República Piedad Córdoba y otros candidatos de izquierda, según él, afines con la vida y la libertad.


     Como resultado de toda esa agitación social queda una base de datos pública que alberga el registro de los muertos, no solo colombianos, sino de países como Perú, Ecuador, Venezuela, Argentina, Brasil, y otros. En su dominio web (https://listadepersonas.org/pertuzlistadepersonas.htm) se encuentran los nombres detallados de las víctimas, cuyos críticos no han demorado en catalogar de «lista snuff», pero eso a Pertuz no lo perturba, pues hasta el día de hoy está centrado en una misión que recibió de alguien o en algún momento, y en lo cual ha invertido mayor parte de su vida.  


     Y aquí es necesario decir que este manifiesto virtual contra la violencia o la indiferencia fue, durante algunos años, su causa personal. Y aunque en su momento tal proyecto prometía tomar fuerza y avanzar, pronto caería a tierra como pájaro herido, quizá, porque Pertuz trató de interactuar con los dolientes para integrarlos a su performance, sin despertar ninguna reacción o eco en un país que cada día amanece con noticias de muertos y la justicia coge a los pobres sin dinero. Lo contraproducente fue que algunos escritores se apropiaron de cientos de relatos e historias publicadas en línea sobre los fallecidos, generando guiones que se intensificarían luego con los miles de asesinados por falsos positivos durante el gobierno del expresidente Álvaro Uribe Vélez.


     No desanimado por este impasse, pero creativo como siempre, en el 2007 lanza el programa «Democracia Electrónica Directa» por medio de otro dominio titulado «Un Mundo Mejor» (https://unmundomejor.top/). Allí, más revitalizado y dispuesto a continuar, promueve la participación colectiva, aunque esta vez, ya no asociando a los espectadores a su performance sino incitando a que cada uno sea su propia versión artística individual. De nuevo bombardea la ciudad con publicidad (ahora sí, fotocopias a full color), viaja por todo el país con una cámara y un micrófono entrevistando personas para interpelarlos sobre su propuesta y recopilando respuestas dispares sobre la misma.


     Así es que intenta reunir de nuevo una comunidad on-line de dialogantes para crear espacios de comunicación directa. Apela a internet por ser un espacio, según él, «des-jerarquizado», y donde aún cree que no existen filtros de registro de propiedad intelectual ni censura por ningún contenido. Desea con esto generar un matrimonio entre arte y sociedad con el fin de evitar futuros conflictos y guerras sinsentido.



Todos somos estrellas


     Como buen artista y colombiano, emprendedor y filosofo de la idea de que nunca se pierde al intentar, inicia el último proyecto titulado: «Todos somos estrellas» (2009). Iniciativa en la que un año después ganaría el premio Luis Caballero de la Galería Santa Fe del Planetario Distrital. Y así es que trasciende lentamente y su lucha da muestras de haber dado algún fruto, o al menos, ha llamado la atención del país.


     Ahora no camina como un desordenado por las carreteras colombianas, evita hacer preguntas retóricas a los emigrantes, omite recopilar nombre de muertos y ni trata de abordar la sociedad con propuestas para un mundo mejor, sino que desea resaltar las verdaderas estrellas: las personas anónimas que habitan en la calle, los barrios, los caseríos, las esquinas; los que se ganan la vida a diario con el sudor de sus frentes, los personajes con arte y talento en una ciudad sin rostro, los nadie. En sus palabras: «Ellos y ellas nos invitan a reflexionar sobre las problemáticas sociales locales y globales. Muchos señalan la injusticia».


     Hasta acá no dice nada nuevo y solo se muestra como un termómetro social, porque para Pertuz las verdaderas estrellas están vacunadas contra la insensibilidad, ya que persisten en su lucha por la existencia y han sobrevivido pese a las adversidades. Así que echa a rodar la idea de grabar videos sobre aquellas personas que exponen su cuerpo de manera dramática en la calle, las plazas, los centros comerciales, los sectores marginados y demás. Ve en el cuerpo un gran conato político ignorado el cual desea reivindicar con su propuesta. Por eso profundiza en este nuevo performance de tinte más exhibicionista, que social, y traduce poses, posturas, gestos, expresiones, que agrupa en conceptos que insiste en llamar: «Acciones performativas».


     En estos videos reúne travestis, prostitutas, vendedores callejeros, trabajadores informales, indígenas desplazados por la violencia, transeúntes, políticos caídos, afrocolombianos, hippies, indigentes, gays, lesbianas, antiguos exguerrilleros, vigilantes, cachacos pobretones, costeños, paisas; y extrae frases profundas de ellos, ya que, a su parecer, provienen de «cuerpos políticos» reales y esas voces son importantes para la democracia. Con estas estrellas desea formar una constelación social de voces, conciencias, vidas, y experiencias para agruparlas como un cuerpo político relevante.



Compromiso Socio-Político


     Gracias a esto, y varias actividades más que rompen el orden, Fernando Pertuz es reconocido como el artista colombiano de la provocación. Su producción es un híbrido entre estética relacional, performance y teatro de protesta, asumidos desde una posición radical dentro del espacio artístico del país. Su compromiso, sea dicho, es con la realidad socio-política, la cual expresa por medio de su perseverante práctica artística, poco entendida por los nacionales y criticada mordazmente por los extranjeros.


     El arte de este activista bogotano pertenece a un nuevo público que apenas está descubriendo el mundo estético, no por medio de la historia, ni la tradición, sino a través de la profanación y el rompimiento del denominado «arte formal», o «arte clásico». Y aunque Vargas Llosa en su libro «La civilización del espectáculo» crea que en la búsqueda de nuevos medios de expresión se manifieste una orfandad de ideas, realmente el «que-hacer» plástico sigue demostrando destreza artesanal, autenticidad e integridad porque está ligado a una especie de arte-profético denunciador de males contemporáneos.


     Fernando Pertuz, poco entendido igual que los intelectuales de época, es una muestra de un artista convertido en activista cuya misión es retratar y proponer (no entretener) a la sociedad actual un camino diferente, mostrando la inconformidad con el estado actual de las cosas: la cosificación del ser humano, la desvalorización de la vida y el absurdo de un mundo divido en tres. Se entiende que en el arte deben involucrarse cuatro elementos básicos: el tiempo, el espacio, el cuerpo del performer y una relación entre este y el público. En Fernando Pertuz la sociedad le prestó el cuerpo, el espacio y el tiempo, y él solo fue, y es, la partícula catalizadora de un acto social arrinconado que se llama denuncia o clamor por justicia a través del arte.


Escribe: DIEGO FIRMIANO*














*Escritor. Ensayista. Coleccionista de libros. Lector.

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