top of page

Jean-Paul Sartre y los Pobres

hace 3 días
5 min de lectura


«No es la pobreza la que empequeñece al hombre, es el hombre el que empequeñece al hombre y crea la pobreza». Anónimo


Pocas veces he estado en desacuerdo con la filosofía de Jean-Paul Sartre como con una frase, a mi parecer, más burguesa que literaria: «Los pobres existen para ejercer nuestra misericordia». Los sistemas políticos que él criticaba en su etapa de marxista y los ataques conceptuales a la aristocracia europea lo convirtieron en un filósofo de retórica fina y atrayente, pero con un concepto antropológico mitad literatura mitad realidad. Hay algo de esto en la épica discordia con el escritor Albert Camus. El primero, defensor de la paz, del hombre libre y responsable; el segundo, imbuido de un proyecto colectivo de liberación con Argelia, su pueblo. Este último acusado de pietista y creyente; el otro criticado por ser demasiado burgués. En fin, dos visiones antepuestas que marcaron la filosofía de posguerra y la condición existencial del hombre.


El extenso prefacio que Jean-Paul Sartre escribió para su amigo Frantz Fanon en el libro «Los condenados de la tierra» se ha visto como una apología del derecho humano y una crítica a los poderes fácticos del colonialismo y sus consecuencias de injusticia y opresión a los pobres y desposeídos. Una propuesta genuina, rica en términos, llena de una apasionada defensa por los sin voz. Es decir, una reclamación humana desde lo existencial, político e inmediato. Una teoría sobre el sufrimiento real y no metafísico del hombre. Por eso lo ininteligible de su frase que muestra la indolencia, la credulidad mostrenca y la filosofía de una condición social alienada por la historia.


¿Apuntaba su actitud ―y no se juzga una vida solo por una oración― a la idea de amar y comprender metafísicamente a los hombres en su situación? Problema clásico entre los intelectuales, ya que el concepto griego de humano, humanidad (ἄνθρωπος) es sumamente amplio y contiene el problema de «nosismo» (el solo nosotros de Primo Levi). O para decirlo de otra forma, su significado difiere sustancialmente de la realidad del hombre de carne y hueso que camina, piensa, sufre, vive y que universal e irremediablemente un día dejará de ser: el hombre concreto.Sobre este desvarío sartreano (los pobres como fines solidarios) es que en Latinoamérica esta condición social suele ser un asunto hereditario. Se transfieren las deudas económicas, los sufrimientos, la vida en potencia y debilidad, las quejas políticas.


Desde Cabo de Hornos en el sur hasta Ciudad Juárez en el norte y los países de la región Caribe, los pobres están condenados a interpretar su existencia a partir de esta transferencia. Una cruda realidad que delata la ineficacia, o al menos, las fisuras de las democracias como laboratorios de equidad, ya que, a decir de Jean Jacques Rousseau sobre un Estado ideal: «Nadie debe ser tan pobre como para ser esclavo de otro, ni nadie debe ser tan rico como para enseñorearse de otro».En los países latinoamericanos se oscila entre una de esas realidades (ser muy rico o ser muy pobre, pues la clase media tiende a desaparecer) y las democracias en sus políticas avalan los extremos, o al menos los toleran como un asunto irreconciliable y de diferencias esenciales, justificando cada segmento social o masa que gira en torno al capital como primer motor y forma de vida. Estas formas de co-existencias opuestas corren el riesgo de deformar la democracia para formar, paulatinamente, plutocracias (gobiernos regidos por intereses económicos más que sociales). Sociedades donde rige el yo o tú y no el yo y tu bubberiano. ¿Fracasó el capitalismo? Es claro que es un sistema económico que constituye un mal-necesario, aunque no necesariamente perfect, justo o funcional.



Existen programas ciudadanos que atienden necesidades y gobernanzas globales humanizadas, no hay duda, pero a qué costo o sobre qué obstáculo. ¿El del reporte?, ¿la burocracia?, ¿la penuria de sacrificar la honra humana por una vivienda de interés popular o un bono solidario?, ¿una beca estudiantil?, ¿una oportunidad laboral digna?, ¿sistema de salud subsidiado por sorteo? Esto y otras cosas más debería ser derechos universales (en teoría lo son, en la práctica no) que garanticen el bienestar individual y colectivo. Por eso los gobiernos socialistas y los de corte neoliberal discrepan en cuanto a la verdadera representación de los intereses sociales (demos) versus la inversión privada que busca mantener activos los gobiernos o el Estado (cratein). El socialismo es una especie de solidaridad política; el neoliberalismo, una libertad económica para llegar a ser solidarios. ¿Son efectivos?


Personalmente, he estado en varios sitios de América, desde el sur hasta el norte del continente, y he observado que la mirada de los pobres es universal. En ella se refleja la carencia, la usurpación y la realidad de que comer es más importante que educarse y vestirse mejor que votar por un candidato. ¡Realidades tan duras! Porque sus miradas parecen hacer preguntas todo el tiempo, a causa, de que están dominados por una miseria inconcebible y viven en lugares anacrónicos sacados de alguna película asiática. Es claro que la felicidad para los pobres significa algo muy diferente para el rico o para el que tiene condiciones laborales justas. Dios, vida, éxito, dinero, sueños, y muchos tópicos más no tienen jurisdicción entre estos desposeídos de la tierra.


No –le diría a Jean-Paul Sartre-, los pobres no existen para ejercitar la misericordia de nadie. Con ellos no se articula ninguna virtud social adquirida, llámese solidaridad, piedad, filantropía, ayuda o lo que sea. El mundo, hablando sin ambages, siempre está en deuda con sus existencias en todo tiempo y lugar, pues el déficit no es económico, sino humano; los sin-nada, ellos, son las heridas no sanadas de una sociedad cualquiera y la aporofobia es una realidad que cada vez toma fuerza. De esta forma es que el amor al prójimo como idea política es una frase vacía; como idea religiosa, un malentendido; y como idea ética, un delirio. Produce horror el embrutecimiento de la vida y la ausencia de toda moral política frente a esto. Por eso es genuino inquirir ¿cómo puede América vivir entre idealismo y realismo? ¿De qué manera se concilia la idea de pobreza y riqueza extrema y así disfrutar el triunfo del capitalismo? ¿No es esto ambivalente y obsceno?Finalmente, la erradicación de la pobreza (ODS 1) propuesta por la Organización de las Naciones Unidas en las agendas de sus 193 países miembros -entre ellos Colombia- dista mucho de ser una realidad tangible. En este plan tan ambicioso (ambición sana) y poco realista, entran palabras complejas como microeconomía y macroeconomía y también realidades absurdas y burocráticas como el hambre triangulada, la desigualdad estadística, violación sistemática de derechos humanos, diversidad e inclusión (¿?), nuevas formas de trabajo, derechos emergentes, etcétera.Y no es de desconfiar de los ODM (Objetivos del Milenio 2030), pero a simple vista ni un 10% de los países han cumplido con las metas propuestas ni con los acuerdos concretos y medibles, a pesar de que hay 48 indicadores puntuales sobre cómo cumplir tales objetivos.


¿Es la pobreza una institución y los pobres una necesidad en el mundo tal como afirmó Jesús? Una frase del dramaturgo austriaco Arthur Schnitzler reflexiona sobre lo que parece, es el obstáculo mayor para conseguir las metas mundiales: «Se acabó el hambre, empiezan los problemas».Así entonces, quien pretenda amar al hombre en palabras, frases, imágenes o a partir de un principio, deja ver el comportamiento propio de un filósofo o un humanista, nada más. La política se erige sobre tales presupuestos, es decir, sobre el concepto virtual y general de hombre. De ahí entonces la presión social a los gobiernos de turno para guiarlos a la efectividad y responsabilidad frente a los problemas reales. Lo contrario sería el riego de que el Estado promueva un bienestar colectivo que al final no toca a nadie en particular. Las generalidades se vuelven abstractas y carentes de tacto cuando no apuntan a un ser humano en una situación concreta.


Escribe: DIEGO FIRMIANO*












*Escritor. Ensayista. Coleccionista de libros. Lector.

Comentarios


bottom of page