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Onoda, honor a prueba de balas


Escribe: ALEXANDER GRANADA RESTREPO, "MATU SALEM"


La perseverancia de los soldados japoneses en la Segunda Guerra Mundial podría considerarse fanatismo. Una sociedad que creía en el trabajo duro, la lealtad absoluta y origen divino de su emperador, solo podía crear un tipo de soldado: el que luchaba hasta la última bala y moría matando. La rendición estaba siempre fuera de la mesa. No era una opción porque suponía una deshonra.


Y eso no se podía permitir. Era preferible morir.


La amenaza de una guerra interminable y con numerosas bajas americanas era algo que el Estado Mayor no podía permitir. De ahí que el argumento a favor del lanzamiento de dos bombas atómicas ganara puntos. Una vez se tomó la decisión, los acontecimientos se precipitaron.


El 6 de agosto de 1945, EEUU soltó la bomba de Hiroshima. El 9 de agosto, la Unión Soviética invadía Manchuria, rompiendo el pacto de neutralidad con Japón. Es mismo día, pocas horas después, Estados Unidos lanzaba la segunda bomba en Nagasaki (por increíble que parezca, hubo un hombre que sobrevivió a ambas bombas).



El 15 de agosto, Japón anunció su rendición. El 2 de septiembre se firmó la Declaración de Potsdam. La Segunda Guerra Mundial había terminado para todos los países implicados. Excepto para el teniente Hiroo Onoda, oficial de inteligencia del ejército imperial.


Onoda nació el 19 de marzo de 1922. Con 17 años, fue a trabajar a la China ocupada por el ejército imperial. En 1942, con 20 años y tras la entrada de EEUU en la guerra, Onoda se alistó en el ejército.


El Imperio de Japón se rindió de forma oficial al comandante general de las fuerzas expedicionarias norteamericanas, general Douglas McArthur, a bordo del acorazado Missouri en 1944.


Ahí le entrenaron en técnicas de guerrilla e inteligencia militar. A finales de 1944 y con la guerra vislumbrando su fin en el frente de Europa, Onoda fue destinado a la isla filipina de Lubang.


Los oficiales al mando en la isla le ordenaron olvidarse de sus órdenes originales: destruir sus instalaciones marítimas y aéreas.



En vez de eso, le obligaron a preparar la evacuación de la isla (curioso que no se organizara un motín contra los oficiales al mando). Las tropas americanas desembarcaron a finales de febrero de 1945, acabando con la resistencia de la isla.


El mayor Yoshimi Taniguchi ordenó a Hiroo Onoda que permaneciera y luchara hasta el final. Sus últimas palabras fueron:

Puede que nos lleve tres años, incluso cinco, pero pase lo que pase volveremos a por ti.



De la selva a los rascacielos


Un joven cadete, Hiroo Onoda, apenas ingresado al ejército.


Dicho y hecho. Un puñado de hombres sobrevivieron y permanecieron ocultos en la isla desde entonces.


Su plan era llevar a cabo una guerra de guerrillas, tal y como habían entrenado a Onoda. El teniente estaba al mando de otros tres hombres, que lucharon junto a él en los años siguientes.


La guerra terminó en septiembre de 1945, momento en que comenzó un plan para dar a conocer el final de la contienda a grupos de soldados como el de Onoda, esparcidos por diferentes campañas.


Pero Hiroo Onoda y su grupo siempre lo rechazaron: lo consideraban propaganda. Japón nunca se hubiera rendido ante EEUU. Para ellos, la guerra continuaba.


Siguieron realizando actos de sabotaje en la isla y robaban comida de aldeas cercanas.

En sucesivos encuentros, mataron a alrededor de 30 aldeanos ya que los consideraban enemigos. Se organizaron patrullas para buscarlos, pero estos soldados las evitaban con éxito. Construyeron chozas de bambú y remendaban su uniforme constantemente.



Del grupo de soldados a las órdenes de Hiroo Onoda, uno se rindió en 1950 a las fuerzas filipinas, cinco años después del final de la Segunda Guerra Mundial.


El segundo fue abatido a tiros en 1954, nueves años después. Y el tercero murió también por disparos en... ¡1972!


El "viejo soldado" rompe a llorar, al enterarse que el emperador ya no tenía el status de divinidad.


Un estudiante llamado Norio Suzuki se propuso buscar a Onoda en la isla filipina en 1974. Tras encontrarlo, no logró convencerle de que volviera a casa. No hasta que se lo ordenaran sus superiores.


Suzuki tuvo que rastrear al mayor Taniguchi y traerle de vuelta a Lobang. Ahí consiguieron convencerle de que depusiera las armas.


El presidente de Filipinas le otorgó un perdón presidencial por sus crímenes, al considerar que los había realizado creyendo estar en guerra. Onoda volvió a su Japón natal y fue recibido como un héroe.



La perseverancia en el cumplimiento del deber era un valor que se estaba perdiendo en esta sociedad moderna.


No fue la única realidad que se encontró el viejo teniente. Su país se había transformado en otra cosa irreconocible. Rascacielos, coches, televisores inundaban ciudades abarrotadas como Tokyo.


Pero también vio cómo la sociedad se había corrompido: ahora era más materialista y superficial.


Al regresar a su país, no sólo el suceso tuvo amplia notoriedad, sino recibió honores militares.


Tras vivir un tiempo en Brasil y casarse, Onoda volvió a Japón y creó una escuela de supervivencia para jóvenes, con la esperanza de transmitir sus valores.


Acabó escribiendo una biografía sobre su experiencia en la guerra, titulada Sin rendición: mi guerra de 30 años.


El teniendo Hiroo Onoda pasó el resto de su vida en Japón donde vivió en paz hasta fallecer en 2014 a los 91 años.




PELÍCULA


Afiche de la película homónima.


Millones de personas han muerto por guerras absurdas, por ideologías criminales, por trozos de tierra inerte... Los líderes los han honrado y los filósofos los han elevado –«el verdadero soldado no lucha porque odia lo que tiene delante, sino porque ama lo que deja detrás», escribió Chesterton– pero nadie había reparado en los que se quedaron a un lado.


En España fueron los ‘hombres topo’ de la Guerra Civil, aquellos que se recluyeron sin ver el sol durante años ante el temor de la represión; pero hay casos todavía más extremos de hombres ignorados por la historia. El del japonés Hiroo Onoda es uno de los más radicales.


Durante más de tres décadas siguió cumpliendo órdenes de generales desaparecidos, luchando en una guerra que había acabado tiempo atrás...


Hasta 1974, Onoda se mantuvo atrincherado en la selva de la isla de Lúbang, en Filipinas, hostigando a unos enemigos que hacía años que habían regresado a sus casas. Una historia que este viernes llega a los cines con el título de ‘Onoda, 10.000 noches en la jungla’.


Al deponer las armas ante el dictador finipino, Ferdinando Marcos (1917 - 1989)


La odisea fantasmal de Onoda la traslada a la pantalla el cineasta francés Arthur Harari, que se lanzó a la aventura de viajar a Camboya (en Filipinas el rodaje era más complejo) para dirigir a un ejército de actores japoneses (con los que apenas podía comunicarse) para narrar, con aires de Kurosawa, Herzog y John Ford, los treinta años en los que el soldado Onoda perdió la juventud y casi la cabeza.


«Es el tema de la película el que provoca estos nombres, no que yo esté a la altura», dice el francés, con inusitada humildad.



«Evidentemente, me siento halagado y son nombres que vienen a mi memoria como espectador, como cinéfilo.


A John Ford lo tenía presente por su ejemplo de absoluto clasicismo, aunque de Herzog me quería alejar porque es un ejemplo extremo de un tipo de película de jungla que va casi a lo psicodélico», remata.


Largo viaje


Yuya Endo, el actor que lo interpretó en la producción de Arthur Harari.


Si Onoda estuvo 10.000 noches en la selva, Arthur Harari vivió con la historia del japonés en la cabeza cerca de una década. Desde que su padre le descubriera al personaje hasta que lo pudo trasladar a la pantalla. En ese tiempo fue condensando las ideas que desarrolla en las casi tres horas que dura el filme, desde la guerra imaginada a la juventud perdida, el absurdo del conflicto o incluso la prohibición, autoimpuesta, de morir para no dejar solo a los compañeros.


Lo hace a través de la mirada del soldado, pero también del estudiante japonés que fue a buscarlo (iba detrás de él y del Yeti, en ese orden) y de los que lo sufrieron en las emboscadas que durante treinta años fue perpetrando con los compañeros que al principio estuvieron con él y que poco a poco fueron cayendo.



Pero no Onoda, que no depuso sus armas, una vez localizado, hasta que fueron a buscar al que fuera su superior en 1944 para que le ordenara que se rindiera. Lo hizo. Y lo que vino después fue un espectáculo mediático de Filipinas a Japón y de ahí a Brasil, donde Onoda se fue a vivir unos años para huir de la fama.


Aunque volvió, convertido en líder espiritual del Japón más conservador, para llevar con su mujer una fundación con los valores nipones. Pero esa historia ya es otra película, menos poética y más terrenal que la que mañana se estrena.


El futuro del cine


Más allá del estreno de ‘Onoda, 10.000 noches en la jungla’, y del quijotesco reto de hacer una película europea con temática japonesa y rodada en Camboya, Arthur Harari mira al futuro del cine con escepticismo. «Desde hace nueve años, cuando empecé a soñar este proyecto, hasta hoy, mi percepción sobre el futuro del cine ha variado. Hoy tengo una mirada más preocupada sobre si un cine de autor como este podrá seguir siendo posible o no», lamenta.


«Hace un año y medio, con la pandemia, tenía la sensación de ser un superviviente en un barco que estaba naufragando. Y ahora sigo pensando que el cine está cambiando, y aunque no se hacia dónde va, mi principal pregunta es quiénes serán esos espectadores que todavía van a las salas», remata el cineasta, que para esos románticos del proyector presenta una historia antibelicista mientras hay una guerra en mitad de Europa. «Jamás pude imaginar que esto pasaría», admite sobre la invasión rusa de Ucrania. «Hasta la pandemia, tenía la sensación de estar viviendo después del fin de la Historia, pero eso murió y ahora vivimos el regreso de lo histórico, el regreso de nuestra fragilidad histórica», sentencia.



Fuente: MAGNET / ABC














*Escritor, poeta teórico y filósofo, autor de "Las caravanas de Matusalém"

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