El gusano de la vida misma
- DIEGO FIRMIANO

- hace 5 días
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«Adora aquí gusanos y ratones, y más allá, no cree en ningún Dios»
George Lichtenberg
Se fue. Algunos dicen que se lo llevaron; otros, que desapareció; o que quizá murió. No se sabe. La última vez que hablé con él, me dijo que no quería irse de este pueblo; que había nacido arriba donde comienza el río Sibimbe como un milagro. Porque en aquel tiempo -afirmó- los recién nacidos eran lanzados en medio de las plantaciones de cacao o maíz, o en el peor de los casos, sufrían el destino de Moisés: los arrojaban al río.
Don Gregorio Minda es de contextura delgada, cara achinada, piel color caramelo y siempre conserva el clásico sombrero aventurero que me recuerda a Indiana Jones. Con ojos negros y mirada desgastada por vivir, es el anciano que hasta hace poco vendía carbón en el pueblo. No había mineral más bueno para los asados, ni mejor persona que él, porque a pesar de sus 97 años, conservaba el juicio, no se dejaba vencer facilmente por la senilidad, y seguía atendiendo a su clientela fielmente.
Era normal verlo siempre solo y eso nos sorprendía a todos. ¿Con quién vive? ¿Cuál es su historia? y otras preguntas que nos llevaban a creer que Don Minda podría ser una memoria viva con casi un siglo de existencia. Él no era muy dado a la palabra, y era entendible, porque cuando se vive en soledad no se habla demasiado alto. Solo, quien pasara por su casa de 3 por 10 mts, ubicada en las calles Sucre entre 28 de Mayo y Velasco Ibarra, podía apreciarlo ahí, en la puerta, sentado como un bonzo, quizá meditando, pero sobre todo, divirtiéndose al ver cómo las caras rimaban unas con otras en la calle. Se le veía sonreír por todo, semejante a los niños tímidos, aunque también en esa felicidad podía intuirse cierta melancolía por vivir en medio del vértigo del centro, de las necesidades cotidianas y del mar de voces indistintas que flotaban en el aire.
Contemplarlo ahí en su banquito de madera, estático y apacible como un viejo roble cansado, daba la impresión de que reflexionaba acerca del gozo, la impaciencia, la ambición y la embriaguez de la vida acumulada entre la gente y a lo largo del día. Apostado afuera de su casa el alba lo recibía y el ocaso lo despedía. Era casi como un enigmático ritual personal. Si él hubiese sido una canción, el estribillo de Rolando Laserie le saldría perfecto.
…A mí me pasa, lo mismo que a usted.
Me siento solo, lo mismo que usted.
Paso la noche llorando, la noche esperando,
lo mismo que usted.
La única vez que hablé con él fue amable. No llegué a comprar nada, antes bien tenía un propósito: conocerlo más allá de su rutina. Sentado entre pilas de carbón y haciendo carrizo con sus piernas, desconozco las razones de por qué me permitió cruzar el umbral de su intimidad para dejarme conocer su desconocido mundo. No porque fuera una persona única y especial como un copo de nieve, sino por el aislamiento al que fue confinado aquel hombre viejo por el prejuicio general de los pueblerinos que lo veían como un ser huraño y oscuro.
Se trató de una conversación afín, respetuosa y paciente, donde conocí aspectos cruciales de su vida. Había algo especial en eso. Los escépticos del pueblo cuando se enteraron, afirmaron que apenas rocé quién era en realidad aquel anciano. Y quizá tenían razón; sin embargo, le confirmaría a ese grupo frío que «conocí de él lo que otros desconocían, y eso no me hizo narrador o fisgón, sino que me convirtió en culpable». No había otra definición, porque fue inevitable no sentir tristeza el alma al saber cómo nació don Minda, qué le sucedió en la vida, aunque era mucho más doloroso no conocer su paradero actual.
Hoy se pasa por donde vivía y sus puertas están aseguradas con una cadena engarzada a un candado de bronce reluciente como si un guardián silencioso cuidara aquel lugar. El techo, la puerta, y las paredes frontales de su «casa», que ahora parece más una chabola, conservan el color negruzco del polvo, pues su oficio, por el cual fue conocido durante toda su vida, fue ser carbonero. Primero, enviaba madera por el río Sibimbe hasta el Guayas; cortar, alistar, embalar, poner a rodar afluente abajo; luego, trajinado por el agua y sus estragos, decidió optar por el fuego y así comenzó su tarea de fabricar carbón con una voluntad inquebrantable.
Trabajó duro para hacer una pequeña fortuna, para sostener su hogar, pero el negocio de quemar árboles día y noche en pirámides de tierra no le dejó dinero, sino unos pulmones enfermos y también una extraña fe en la vida. No una fe simple «de carbonero» como decía don Miguel de Unamuno, sino una fe existencialista que lo mantiene hoy de pie, a casi un siglo de su nacimiento, y amando lo que hace a pesar que sea un oficio de doble filo.
Fue en aquella tarde que me hizo la pregunta más enigmática que haya escuchado en mi vida. «¿Sabe usted cuál es el mejor amigo del hombre?». Inquirió. «El perro», pensé, y dije sin dudarlo. «No», afirmó, «el mejor amigo del hombre es el gusano». Quedé frío y sin saber qué responder a un adulto senil tan dulce y tan sabio. Sabía que el «gusano» en teología antigua significaba remordimientos de conciencia. El insecto que roe el cuerpo o la mente, es decir, los actos inconclusos, las decisiones que no se tomaron, las acciones que dejaron una determinada conciencia. La figura que los existencialista llamarían «el gusano que habita en el corazón del hombre» y que plasmaron en casi todas sus obras literarias.
Inmediatamente pensé sobre qué causaba, a su edad, arrepentimiento en don Gregorio Minda: cometer el crimen de no tener hijos; no hacerse una fortuna para sobrevivir; no morir antes de tiempo; pensar y creer como todos; o el llegar a viejo y estar condenado al síndrome de Casandra sin poder cambiar nada, herido por la palabra y el destino. Aunque en esa edad su pasado se torna borroso, y si puede verlo con claridad, de seguro lo miraría con cierta condescendencia, pues entender cada acto, cada palabra y cada persona en la existencia, lleva en sí la virtud de perdonarlo todo para finalizar con paz.
Sea cual haya sido su, o sus arrepentimientos, era un asunto privado y solo su pasado podría absolverlo o condenarlo. Lo cierto es que sus ojos, gastados como dos fanales marítimos, y su voz lenta y sabia, me revelaron que tuvo una hija adoptada y una esposa que, a causa de su amnesia senil, no recuerda muy bien. En su historia de vida se sienten desgarros, amargura, a la par que satisfacción de haber sido fugazmente feliz. Hablaba de ellas como sus dos deidades, su doble razón para existir en la agonía del tiempo y la vanidad de la vida.
En aquella tarde se septiembre, cuando conversamos sobre lo justo, lo vi sonreír como mirando al cielo, aunque lo que miraba realmente era el hollín pegado en la parte superior de la casa y las arañas que se bamboleaban del techo. Era como si hablara con alguien, como si viviera en otra parte, como si supiera algo que los demás, no. Como sea, don Minda, con el pasar de los años, se acostumbró a vivir con sus recuerdos y a existir en su rutina diaria de levantarse, acostarse y trabajar; levantarse, acostarse y trabajar. Todo, como en un ciclo de retorno salomónico.
Aceptó, estoicamente, vivir y dialogar con su mejor amigo, el que espera pacientemente al final del día y el que estará junto a él en la extensa noche. Él no habla con todos e ignoró e ignoraré por qué conversó conmigo con tanta hondura. No hablaba con nadie porque fuera misántropo, mudo o porque no tuviera temas para socializar, sino que el viejo nada necesitaba y nada quería, salvo dormir y despertarse hasta esperar el tiempo cuando pueda ser un verdadero hombre. Reposar para esperar el momento en el cual se encuentre con su mejor amigo: el gusano.
En la actualidad se ignora dónde está don Minda. Claro, la gente no lo busca como buscaría una moneda de oro o una guaca indígena, pero algo sí es cierto: donde esté, de seguro levanta su pie cada día y pone su cuerpo, herido por el pasado y el veneno de la edad, en marcha. Su existencia se mueve gracias a sus recuerdos –me lo hizo saber– que, semejantes a un guion perfectamente preparado para él, están atados a su espíritu. Recuerdos que reproduce una y otra vez en soledad como una película existencial con un final finamente orquestado. «El alma está a salvo» decía, «el alma está a salvo».
Don Minda se fue, ya no está. Mucho se dice y se especula sobre él. Incluso algunos creen que desapareción como Elias o como los hermanos Restrepo. Sea como haya sido, antes de desaparecer afirmó que somos personas en la abundancia de relaciones o en la soledad más atroz, y gracias a que hilos invisibles nos enlazan a los otros y a las cosas en el mundo. Y sobre todo ello –enfatizó– y como seres mortales y sujetos al tiempo, tenemos un amigo fiel y justo que llegará al final del trayecto y en el momento justo: el gusano.
Escribe: DIEGO FIRMIANO*

*Escritor. Ensayista. Coleccionista de libros. Lector.




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