
«Se dice que la oscuridad ya se ha separado de la luz.
Se dice que los pies viajeros han encontrado la unión con el destino»
Faiz Ahmed Faiz
(Poeta Urdu)
Saadat Hasan Manto es nuestro hermano literario y lo honramos y leemos con esta familiaridad. Sin embargo, él no deja de sorprendernos, no tanto por sus talentos, como por sus tragedias y demonios internos. Sabemos que al final de su vida encerrado en un manicomio para rehabilitarse de su adicción al alcohol, también había perdido la cordura por varios factores tóxicos: la muerte de su amigo, el actor Sundar Shyam Chadha, la pobreza familiar, el cuestionamiento de su vocación artística, la situación política de la India, y por supuesto, la desconexión entre la ley y la justicia.
Manto fue un narrador hijo de su tiempo, un retratista de época, que igual a Flaubert, Dickens, incluso Dostoievski, escribía lo que presenciaba, y lo hacía con una sinceridad rabiosa y directa, escribiendo a mano todos sus cuentos sin corrección alguna. Escritor comprometido (engagement), y poco entendido por sus contemporáneos, tuvo como objetivo testimoniar sobre todas las cosas de su país, India, en su lengua natal, el urdu, y fue fiel y consistente a eso gracias a principios literarios profundos y posiciones políticas encontradas.
Por su producción escritural, y su vida tan vertiginosa, hoy se alega si fue totalmente indio, o totalmente paquistaní, aunque el todo de su obra artística corrobora que la literatura no tiene nacionalidad, ni lengua, ni se deja encerrar en escuelas o cánones, sino que ella es un mundo vasto en sí mismo y busca fines más altos y perdurables. Ambas naciones lo reclaman como símbolo cultural (incluso lo premiaron en el año 2005, a 50 años de su muerte y lo honraron con una sencilla imagen postal), pero ninguno de esos países quiere hacerse cargo de un hombre con un pasado tan polémico y lleno de baches, que fue arrastrado a un abismo a sus 42 años de edad, y enterrado en el silencio por la indiferencia del establecimiento literario.
Autor de veintidós compilaciones de cuentos, una novela, cinco series radiales, tres colecciones de ensayos, dos autobiografías, y varias decenas de guiones cinematográficos, a su muerte, fue más recordado por los juicios que enfrentó en vida por su cuentística, acusado de inmoralidad y de trabajos literarios cargados de matices sexuales. Que se tenga registro, seis condenas en total, tres en la India británica, y tres en el Pakistán postcolonial. Affaires que constituyeron un entero teatro y que pasmaría al mayor cuentista asiático (luego de Chéjov y Gorki), además de dejarlo sin dinero para el licor y el sustento de su familia. En una de sus obras, y como en un juego irónico de palabras, dice:
«Si desea obtener la copia de un documento legal, debe adjuntar “wheels[i]” a su solicitud. Si desea acceder a un documento legal para su revisión, también debe adjuntar “wheels”. Si necesita conocer a un oficial de la corte, debe adjuntar “wheels”. Si necesita acelerar algo, el número de ruedas requeridas aumenta. No necesita mirar con fuerza, siempre y cuando posea la vista, observará que en el tribunal de distrito cada aplicación se mueve sobre ruedas. Cuatro ruedas para ir de una oficina a otra. Ocho ruedas de la segunda a la tercera oficina, etc. Si no eres un culpable habitual, tu corazón será confiscado por el deseo de que alguien te coloque ruedas y luego te empuje para que puedas salir rápidamente del tribunal de distrito».
Un absurdo sistema judicial, ya desenmascarado por Franz Kafka, pero que a Saadat Manto le pasó factura por sus sencillos y poderosos cuentos « Bū» (Olor), «Dẖuvāñ» (Humo), « Kālī Shalvār» (Pantalón negro), «Upar, Nīčē Aur Darmiyān» (Arriba, abajo y medio), y por supuesto el clásico y polémico «Tẖanḍā Gōsht» (Carne fría). A cada uno un juicio, y cada uno exquisito y divertido a su manera, pero que, revisados de forma singular y organizados como sumarios, sus contemporáneos los hallaban ofensivos frente a una moral herida por la daga de colonialismo y los vicios introspectivos.

¿Constituía la literatura un peligro para un país colonizado por una cultura que usaba el lenguaje para dominar y corromper? Sí, la doble moral mostraba sus muecas, y así es que Mehdi Ali Siddiqui, uno de sus jueces más duros, pontifica: «Si el único propósito de la escritura no es beneficiar a la humanidad, sino solo excitar sexualmente, el vocabulario y el contenido de sus cuentos enredarán a los débiles en la malla de la degeneración sexual… [por lo tanto], la ley calificará su escritura como obscena».
¡Vaya juicio más Kitsch!, porque aquella ley al «calificar su escritura como obscena» se ponía al mismo nivel narrativo de los cuentos de Manto, ya que, a decir de Jacques Derrida, ¿cómo puede la ley calcular lo incalculable? O, en otras palabras, ¿está capacitada ella para juzgar lo intangible solo basándose en creaciones literarias? Por supuesto, aquellos seis juicios obedecían, por un lado, a la incapacidad de una sociedad de juzgarse por sus actos y responsabilizarse por sus alcahueterías; y por el otro, de conservar el orden a costa de sumarios risibles y procesos judiciales de escarmiento.
Y aunque Saadat Manto, como buen traductor de Óscar Wilde lo sabía, aun así, no se abstuvo de meter el dedo en la llaga de la sociedad india y paquistaní, incomodando con sus letras a varias capas sociales, desde políticos y militares, hasta escritores y jueces, es decir, al grueso social que en conjunto puede llamarse «Estado». Aunque también esto fue tabla rasa para que los críticos literarios lo acusaran de no tener referentes estilísticos, alabándolo primero, y después juzgándolo por su escritura: «Manto es un escritor humano que ha visto la suciedad de la sociedad. Sin embargo, ahora ha elegido el camino del sensacionalismo».
Finalmente, y como parte de buscar evidencias artísticas para enjuiciarlo por última vez y antes de morir, el «Estado» envió a dos subinspectores de policía y cuatro agentes a buscarlo en su casa con una orden judicial en firme para detenerlo. No lo encontraron ahí y arguyeron que se escondía, aunque realmente estaba en la oficina de la revista literaria Savērā escribiendo igual que como bebía. Luego de ubicarlo con prontitud, el hermano de su editor, Chaudhry Rashid Ahmad, le pregunta:
―¿Qué estás escribiendo?
―Un cuento, bastante largo. Responde Manto.
―He venido a darte una muy mala noticia. Dice Ahmad.
―Hermano, ¿qué sucede?
―La policía ha rodeado tu casa. Están convencidos de que estás escondido dentro y están tratando de entrar.
Manto sube a una camioneta con sus amigos para ir hasta su casa a solucionar el problema (aunque ya sospechaba por dónde iban los tiros), y al llegar allí relata en sus propias palabras lo sucedido:
«Me llevé una gran sorpresa. No soy de los que trafican en secreto, ni vendo opio, ni vinos y licores ilegales, ni siquiera una pizca de cocaína. ¿Por qué querían registrar mi casa? En cualquier caso, la primera pregunta que me hicieron fue: ¿dónde está tu biblioteca?».
Estupefacto, y sin palabras para responder a tal procedimiento kafkiano, alega que es un hombre de pocos libros, y entre ese puñado de textos hay solo tres diccionarios. En silencio, y como si también estuviera haciendo literatura de su condición judicial, agrega: «Todos los libros que tenía los dejé en Bombay. Si buscas una revista o un periódico en particular, me temo que tendrás que ir a Bombay. Aquí tienes la dirección». Por supuesto, para conseguir el lote de sus obras como evidencia tenían que viajar hasta el país que acababa de ser particionado por un burócrata inepto llamado Sir Cyril Radcliffe, quien trazó una línea que dividiría el corazón de Manto en dos: La India y Pakistán.
Escribe: DIEGO FIRMIANO*

*Escritor. Ensayista. Coleccionista de libros. Lector.
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